Carta a Néstor Humberto Martínez
Gloria Cepeda Vargas
No es ni siquiera asombro ya que los colombianos estamos hechos a los topetazos que en ejercicio de sus patriótica labor nos asestan quienes tienen el martillo por el mango. Lo que sucede es que sus declaraciones, doctor Néstor Humberto Martínez, nos sumergen en un viscoso mare magnum de perplejidad. ¿Cómo así que se debe “descriminalizar la violencia intrafamiliar para que su manejo no sea penal sino interdisciplinario?” ¿Y es que por ventura puede descriminalizarse el crimen? “Al criminalizarse la violencia intrafamiliar, se está generando una ruptura del núcleo familiar a partir de expresiones de violencia de ocasión”, dice en declaración ante los magistrados de la sala plena ¿Y cuál es el núcleo familiar que se fragmenta en algo que carece de meollo porque no existe como organización? ¿Son acaso “expresiones de violencia de ocasión” los más de 171 casos de mujeres víctimas cada día de violencia doméstica en Colombia o los más de 140.000 episodios anuales de la misma vileza que registra Medicina Legal? ¿Debe dársele un trato civilizado a este zarpazo de fiera hambrienta, a esta lección de mediocridad e infamia inenarrables impartida de manera recurrente por el macho humano a unos niños que mañana repetirán la historia?
A pesar del prestigio que exuda, veo que incurre en el error colectivo: anteponer la conclusión retórica al requerimiento humano. Sí doctor Martínez, así como suena aunque cursi o intrascendente sea para su togado cerebro tan repleto de códigos y estallante de jurisprudencias que no reserva ni un milímetro para la existencia del sentimiento o del sentir, como dice Steiner. Por otra parte, asombra su ingenuidad de neonato o lo petrificado de su carta de presentación. ¿Podría jurar sobre la biblia que cree viable que “El Estado, a través de instituciones como Bienestar Familiar o Casas de Justicia, busque una justicia restaurativa o la conciliación con equipos disciplinarios” con la premura que el caso requiere? Por favor doctor, aterrice… o calle para siempre. ¿Cree que “la política severa de aumento de penas y limitación de beneficios para los victimarios causan daños al tejido social en Colombia?” Para empezar, a nuestro “tejido social” no le cabe un hueco más. ¿En su trasegar por tantas fritangas y banquetes, no aprendió que hay casos y cosas que no dan tregua? ¿Qué mientras se implementa “la justicia restaurativa” las mujeres, hipertrofiadas en cuerpo y alma por las arremetidas de esta “violencia de ocasión”, no existen ni siquiera como sujetos de derecho? ¿Qué en resumidas cuentas, la innumerable fila de Natalias Ponce de León, de Jineths Bedoya o Rosas Elvira Celis, buscan a tientas sus rostros y su dignidad extraviados para siempre en esta niebla carnicera?
Lo grave de este asunto es la imposición cerebral en algo que pertenece a las dimensiones del alma o más sencillo por pragmático: a la ley de la balanza. Quizá, a través de su aséptico microscopio, lo que propone sea lógico. Pero es que en este aullido de animal herido, en este torneo de fuerza bruta donde la pareja “humana” pierde el derecho a ser juzgada como tal, se juegan el presente y el futuro del país en toda su compleja dimensión. Si criminalizada esta arremetida contra la indefensión física de la mujer y el niño, prolifera ¿Qué sucederá en el hipotético caso de que se elimine el único muro de contención que detiene la fiera?
Estas declaraciones que oscilan entre el encanto y la barbarie de la fábula más dañina de lo que parece, denuncian la apatía y la deshumanización endémicas en los altos Turmequés de nuestra dirigencia. País de letrados solo gráficos, reducto de legisladores solo teóricos, de mesiánicos y narcisos presentados como talentos superbos y redentores irreemplazables, agoniza en el intento de materializar la utopía para ponerla a su servicio. No doctor Martínez,
ésta es una selva donde no llega el sol y hay que clarear a machetazo limpio. Eso para empezar, luego vendrá el marco jurídico que pondrá en su lugar las cosas ya en estado de merecer.
La violencia doméstica tiene la edad del desgarramiento visceral de la mujer y el niño y de la perversidad masculina apacentada en público y en privado. Son fieras sueltas, doctor Martínez, ejemplares de alta peligrosidad social, criminales que –ellos sí- “ocasionan la ruptura del tejido social” con las consecuencias que están a la vista.
