Carta a Daisy de la Roche
Gloria Cepeda Vargas
De nuevo te toco la puerta Daisy, necesito que hablemos de las cosas que nos preocupan. Debes estar atareada preparando tu nuevo programa de radio o mirando sin ver con el cigarrillo entre las manos.
Ahora es más difícil encontrarte por eso de las distancias estelares. Afortunadamente existe el internet del alma, más efectivo que los complicados artilugios electrónicos. Acabo de escribir otro de esos artículos medio locos y medio sensatos que tantas veces conociste antes de mandarlos al periódico. Me era necesaria la dosis de humor que te sazonaba las palabras para pisar segura porque en eso de decir verdades fuiste maestra consumada, por algo te dieron dos veces el premio de periodismo regional y te reconocieron como una de las columnistas más leídas de El Liberal de entonces.
Siempre admiré tu habilidad para esquivar el golpe bajo, la precisión en la mira, la elegancia y el equilibrio. En esta fauna variopinta que nos rodea, sentaste un precedente de vida inteligente. Y estoy segura de que fuiste feliz, porque la felicidad no es más que un compendio episódico de nuestra manera de saborear las cosas.
Las mujeres de esta ciudad estamos en deuda contigo. Atrévete mujer, tu columna periodística, caía cada semana como un rayo sobre la somnolencia colectiva. En ese tiempo de silencios femeninos casi institucionalizados, era un grito de alerta y de esperanza. Nadie hasta ese momento, se había atrevido a retar con tanta sutileza los poderosos entresijos de esta atmósfera machista, que tarde o temprano, nos pasa factura a hombres y mujeres. Eso lo supiste siempre y lo luchaste a tu modo, en tu estatura, utilizando las armas perceptivas y combatientes que se te dieron en abundancia.
Sé que no aceptarías que te dijera frente a frente lo que ahora me atrevo a recordarte: que nuestro periodismo radial y escrito quedó cojo y manco sin tu bandera en alto. Que la democracia tuvo en tu pensamiento y en tu conducta diaria, aliados incondicionales. Que conocías el secreto de las revelaciones cotidianas y tenías un corazón tan limpio como piedra de río.
¿Dónde irá ahora tu colección de música? ¿Con quién dialogará Violeta Parra? ¿Por cuál de las rendijas del ocaso se colará Martirio o esos tangos -nacidos con el primer dolor del alma- que escuchábamos cuando nos daba por sentir y pensar?
¿Se baila bien en el espacio? preguntó Luis Vidales a su ya lejano amigo Luis Tejada. Y eso te preguntaría yo a ti -dueña, con los pájaros y el silencio- de la melodía universal.
