Carlos Julio, “la mosquita muerta” de la política huilense
Por Edgar Artunduaga
Cielo González Villa no pudo aspirar a la gobernación por su oscuro pasado judicial. Y cedió el espacio a su hermano, Carlos Julio, sobre quien no recaen las investigaciones de peso que sí podrían llevarla a ella a la cárcel.
El partido Cambio Radical y su jefe regional, Rodrigo Lara Restrepo, arroparon con su manto al virginal Carlos Julio (lo importante es ganar), eludiendo fijarse en el pasado corrupto de los González y menos en la vida del candidato.
Sería bueno (para que lo confirmen antes de que la campaña se ponga más caliente) en los orígenes de la fortuna de Carlos Julio y su esposa, Myriam Hurtado Bernal, viuda del “empresario” caqueteño Jorge Elíecer Serrano Morales, asesinado en Bogotá en mayo de 1993, en oscuras circunstancias.
Ella y sus dos hijos heredaron el millonario patrimonio del todavía muy joven negociante. Debió compartir dinero y propiedades (en Villavicencio, Hobo, Santa Marta y Bogotá) con el hijo mayor del occiso, Jorge Elíecer Serrano, convertido después en jefe de contratación de la alcaldía de Cielo González y “entenado” de Carlos Julio.
La viuda de Serrano, hoy señora de González, ejerció como prestamista de muchos congresistas en los tiempos de su marido senador. En la misma oficina, se legislaba y se ejercía el agiotismo, hasta cuando yo –en calidad de vicepresidente de la corporación- denuncié el mercado persa que reinaba en el Capitolio Nacional.
Los políticos, tan pragmáticos, incluyendo al impoluto Lara Restrepo y su partido Cambio Radical, sólo miran los votos y lo que engañosamente -¡farsantes!- llaman “el músculo económico” del candidato.
Pues aquí, señores de Vargas Lleras, pueden encontrar no sólo músculo, sino también tripas, bofe, entrañas y otros menudos, que bien mirados pueden resultar repugnantes.
Espero que hagan el ejercicio. Alguna vez puse sobre la mesa de su comisión de ética la trayectoria espeluznante de un representante recién elegido. Y lo expulsaron.
No conozco si ahora se han vuelto más laxos –moralmente- ante las urgencias electorales y las ganas de lograr la Presidencia de la República.
Volveré sobre el asunto. Por hoy, se me acabó el espacio de la columna y no tuve tiempo de ahondar en el dicho de las abuelas sobre el peligro de las “mosquistas muertas”.
