Campañas: voto, engaño, olvido…
Se inician en firme las campañas políticas para elegir representantes, senadores y presidente de la república. Un ejercicio democrático que aún en el presente siglo, en al auge de la sociedad de la información y del conocimiento, resulta, para muchos, caprichoso, “harto”, y hasta forzado.
Y apenas es entendible, máxime cuando existen tantos candidatos, pero, sobre todo, cuando casi todos “prometen” lo mismo, y de la misma manera.
No obstante, lo bueno de las democracias es que se tiene en cuenta la opinión de todos. O al menos de todos los que hacen uso de la democracia. Claro, pensando la democracia desde la base de la participación de todos. Y para ello, no hay que quedarse en la continua repetición de que “la democracia es el gobierno del pueblo.”
Es por eso que analizar la participación electoral resulta un trabajo interesante. Pues votar representa el derecho elemental de cada ciudadano a participar en política y, al mismo tiempo, abriga los dos principios básicos de la Democracia: universalidad e igualdad. Es decir, que si se saca algo a votación y se vota, sí hay derecho a quejarse, si no, pues no.
Sin embargo, votar no es la única y ni la más efectiva forma de participar en política. Aunque votar es una forma de participación que demanda un mínimo de esfuerzo y no envuelve conflicto alguno, tiene la desventaja de no impactar significativamente en el contenido de las políticas y no generar beneficios tangibles e inmediatos para el elector.
¿Pero para qué votar, si mi voto no influye en nada? Mi voto no pesa, no va a cambiar una elección, no va a decidir nada. Algunos estudiosos de la materia afirman que en este momento, más de 3 millones de personas piensan algo similar en el país. Otra frase que siempre se escucha es que esto es más de lo mismo, hecho por los mismos y para los mismos. Aunque hay varios candidatos, que no pertenecen a los conglomerados políticos más importantes, pero lamentablemente no tienen apoyo de la gente. Claro que sería muy bueno saber también qué piensa la clase política cuando el común de la gente asocia las campañas con mentiras, engaños, ilusas promesas, y amnesia parcial.
A mí me parece que un voto razonado sería el que pudiera darse, antes que nada, desenganchado del emotivismo imperante de los tiempos proselitistas. Pero sobre todo, el voto consciente, analizado, conocido y, por supuesto, estudiado. Esto sería lo ideal. Pero en Colombia, en la actualidad esto es un imposible. No olvidemos que un buen porcentaje de los votantes tiene un bajo nivel de escolaridad y otro tanto, de analfabetismo). Así las cosas, ¿cómo generar un voto razonado así?
Pues no es un secreto afirmar que por el bajo nivel cultural y educativo, resulta más fácil persuadir al ciudadano. Se vuelve más fácil de convencer demagógicamente, sacudiéndole los sentimientos, sin saber quién dice qué, cómo o por qué? Quizás sea una idea loca y antidemocrática, pero creo que en aras de impedir tanta “compra” de votos, debería tenerse, además de edad, un cierto nivel de escolaridad para acceder al voto. Por eso hay que tener presente que la educación hace que sea fácil guiar a la gente y muy difícil arrastrarla; sencillo gobernarla, pero imposible esclavizarla. No sé si suene excluyente, pero sería muy positivo.
Yo creo que sí es necesario y conveniente un voto razonado. Pues supone un compromiso moral, toda vez que somos ciudadanos, por eso es que el razonamiento tiene validez. Así como en la religión se ve mal el vivirla por tradición y no por convicción, lo mismo sucede, que aún se ve quienes le profesan una fe ciega a un partido y lo siguen apoyándolo por pura tradición.
Por eso hay que tener claro que existen deberes ciudadanos por cumplir. Desde esta perspectiva, el no razonar el voto, venderlo, el votar por un partido por puro tradicionalismo no se puede ver como algo responsable, me parece tan irresponsable como el votar por un interés individual, por algo que me dieron o me van a dar. Es decir, se hace necesario erradicar el hecho de votar para luego pasar la factura.
