viernes, 03 de abril de 2026
Opinión/ Creado el: 2014-03-28 08:37

Avanzar

Las cosas que no se saben son las que convierten la vida en algo fascinante. Cuando decidí radicarme en Neiva hace 18 años por invitación de “Tuto” Cabrera, pensé que no abordar la capital Bogotá en ese momento, con la experticia profesional de diez años y la apertura de la televisión privada tendría ingredientes que hoy algunos siguen calificando de “sentimentalismo barato”.

Escrito por: Redacción Diario del Huila | marzo 28 de 2014

El mundo no se retorna. Haber retrasado mi llegada a la capital,  legó una vida en Neiva con sinceridad y felicidad; la satisfacción del deber cumplido junto al confort de una ciudad emergente, sana pero aún novicia en trasformaciones del mundo  social. Duele reconocer el criterio con que algunos dirigentes,  invocando conceptos a ultranza violan el derecho y hacen víctimas a sus colaboradores que por esas decisiones de confort fútil, soportan; algunos dicen -es que somos así-  y otros con más brabucones, no pasan de allí. 

Pero el gran marco de referencia inmenso lo pone el factor salarial, en Neiva se cree que ganar hasta 20 salarios mínimos es una locura, en Bogotá fascina que  apenas sea un decente reconocimiento. Bogotá como Neiva son ciudades del rebusque y del todo, ciudades que la gente cambia y a ellas las ciudades las cambian, algunos pudiéramos haber llegado un poco tarde pero a tiempo.

“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos pero no teníamos nada, caminábamos derecho al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual que las más vocingleras personalidades merecerían que, tanto en lo que se refiere a lo bueno como a lo malo, sólo se les aplicaran los calificativos más extremos”.

Han pasado años y duele reconocer que seguimos enredados por diferencias emanadas de erráticas decisiones y rezagadas directrices de una transformación social limitada. Avanzar en el tiempo porque el tiempo siempre ha de ser otro y no como en el bello relato  “Historia de dos ciudades” de Charles Dickens.