Apague y vámonos
Gloria Cepeda
“La causa del daño es atribuible de manera exclusiva a las víctimas indirectas, quienes faltaron a su deber de cuidado, vigilancia, comunicación y protección de unos niños de 10 y 13 años, que bajo ninguna circunstancia podían decidir, resolver, determinar, el curso y devenir de su vida y libertad sexual” (Aparte del documento de 26 páginas de la Arquidiócesis de Cali, para desestimar cualquier responsabilidad en los hechos de violación sexual cometidos en el 2009 por el sacerdote William de Jesús Mazo en las personas de cuatro niños del distrito de Agua Blanca en Cali). En este caso, la Iglesia intenta evadir la indemnización económica que reclaman los familiares de las víctimas, ya que el cura delincuente purga actualmente una pena de 33 años de prisión.
Asombra la desubicación temporal y mental de la Iglesia Católica como protagonista que es, una vez más, en casos de pederastia. Temible el poder que obnubila hasta la estulticia y convierte una institución con sólida y milenaria formación académica, en paradigma de lo más indignante que puede esgrimir como representante “de Cristo en la tierra”: la doble moral. La negación de nuestra esencia deleznable sobre todo en instituciones de poder, nos condena a un estancamiento moral de consecuencias impredecibles.
Es grave idealizar el barro humano. Esta mezcla de sombra y luz que somos, no resiste la sacralización. Las religiones, producto de nuestra indefensión en un mundo donde la fuerza bruta y los imponderables de la naturaleza se imponen, constituyen el asidero o el muro de contención que nuestro supremo recurso: la imaginación, construyó para hacernos más llevadera la jornada.
En un país católico como es el nuestro, donde la imaginería religiosa adquirió rango de verdad revelada y el sacerdote características superiores al resto de los mortales, esta desubicación nos remite a tiempos primitivos.
¿Cómo es posible que señores de prédica ciceroniana, autodenominados guardianes de la estabilidad moral y aún ética de una sociedad ignorante o fanática y por eso más vulnerable, sean los asesinos del espíritu y los autores del primer infinito dolor en criaturas que suscitan solo ternura y protección? ¿Dónde están las enseñanzas que dicen haber recibido en su preparación ministerial y su labor de pastoreo?
Dicen por ahí que el causante de esta infamia es el celibato impuesto por la Iglesia. No lo creo. Canallas existen con o sin sotana. Lo que molesta es esta incoherencia que raya en perversidad. Harían mejor en aceptar con humildad sus falencias humanas. Deben actualizarse si quieren sobrevivir al menos con decencia.
