Antes de que se acabe el año
Antes de que nos llegue el ruido de sirenas, pitos, voladores y brindis por lo que fuimos, por lo que vivimos, por lo que se nos fue, por lo que logramos, por lo que queremos ser y lo que esperamos tener o gozar, qué bueno sería hacer a conciencia…incluso sin palabras, sin necesidad de que todo el mundo lo sepa…
teniendo como único testigo al Dios amoroso que todo lo sabe y lo presencia, un compromiso interior de practicar una solidaridad más activa y consecuente con las soluciones que reclama nuestra sociedad cada vez más descompuesta e injusta.
El pueblo colombiano está padeciendo seriamente enfermedades de abstención, incredulidad, indiferencia y pesimismo por la exclusión social y los prejuicios de toda clase, así como por el desencanto político, la desconfianza en las instituciones del Estado, el menosprecio a la honradez y al decoro y otros flagelos que todos los días en el barrio, en la calle, en la prensa, en los noticieros y en los sermones se nos presentan sin que hagamos algo serio y valeroso.
Se requiere una solidaridad que haga parte de un estilo de vida y no sea un rebrote de cada desastre o calamidad con riegos de asistencialismo y dependencia limosnera, pues la solidaridad corre el peligro de comercializarse y convertirse en una acción social de temporada.
¿Cuántas familias felizmente acomodadas en exclusivos conjuntos residenciales se han propuesto brindar en sus navidades al menos una noche buena a varias familias pobres? ¿Cuántos políticos, comentaristas y analistas, en todas sus intervenciones públicas se han mantenido aferrados a la verdad por encima de sus inclinaciones y favoritismos personales? Ser solidarios requiere llevar una vida cristina más coherente, sin el uso de caretas para cada rostro hogareño, social o laboral.
Antes que prendamos las doce velas, nos pongamos los interiores amarillos, nos traguemos las uvas, salgamos con maletas a darle la vuelta a la manzana…, mucho ayudaría a la convivencia social el que tomáramos la resolución de levantarnos del sillón donde sólo consentimos “nuestra vida”, “nuestros problemas” para ponernos en la posición de los incómodos, esa gran mayoría de los que carecen de alimento, techo, abrigo, atención y respeto. Hace falta una solidaridad más activa, que transforme con hechos, que se ponga de parte del afligido, del despreciado y del desposeído más allá del discurso, la promesa política, la consigna social o el rezo.
