Amarillo con mucho daño
Con ese amarillismo despreciable a que quiere acostumbrarnos el señor Luis Carlos Vélez, tuerce y escandaliza donde no hay escándalo.
Este muchacho pretencioso, a quien no le cabe en la cabeza la noticia, se ajusta a publicar e ilustrar boletines de prensa de la policía, da trascendencia a lo chabacano, lo grotesco es su ideología, lo ordinario es su desayuno, lo que viene del barrizal asqueroso es su pasta de jabón, alimenta el morbo torcido de su inmadurez; para él no existen otros hechos, otros acontecimientos; para aflorar su vanidad todo lo vincula a la crueldad humana, al negativo comportamiento de la miseria, sin duda porque en ese medio su figura maquillada de narciso es la protagonista.
Nosotros, la generación del magazín dominical, quienes traspasamos la media centuria, miramos con pudor escandalizado los medios matizados de sangre. El Caleño, El Espacio los tomábamos con pinza aséptica de uno de sus bordes y los arrinconábamos en lugares inaccesibles; no les dábamos utilidad ni siquiera para colgarlos de los oxidados ganchos de alambre dulce en una esquina de la letrina para el sabido objeto, por temor a pervertir nuestras intimidades y que contaminaran nuestro órgano posterior de excreción. Hoy, este protegido de la exacerbación, este mimado de la vanidad y de la pretensión vacía, de la publicidad de reventa, ha convertido a uno de los medios más vistos en Colombia, Noticias Caracol Televisión, por su poder de manipulación, centro de atención para que nuestra insensibilidad permita que sigamos comiendo como pan cotidiano, en una pocilga del despropósito y el anti-periodismo.
Como protesta, cuando no aguanto el insulto al televidente, en un país que carece de autoridad para la televisión, donde la apología del delito viene de esa insondable ventana iluminada de disparos, sangre, hurtos y fracasos, he optado por irme a otro canal. O interrumpir con el botón rojo del control para que la pantalla quede negra; doy un click al interruptor para pensar que existe otra realidad, para lamentarme que los buenos no son noticia, que los políticos no tengan proyectos, que los gobernantes no hagan gestión, que los pastores de las iglesias no prediquen, que los empresarios no hagan negocios, que los periodistas no informen porque este monigote, Luis Carlos Vélez, no los conoce ni los entera.
Algunas voces han protestado y han sido amenazados por este farandulero barato que descrestó a las directivas del canal, tan vacías como él, interesados solo en los índices de audiencia. Por lo tanto, ellos son culpables también del vaciamiento noticioso que padece medio país, llevado a contabilizar muertos, a inventariar violaciones, a publicitar hurtos, para que no haya confianza, para que nos neguemos a aceptar que a nuestro alrededor hay personas que construyen, que les importa la familia, la sociedad, los vecinos; que este país madruga a trabajar, que hace empresa, que se proyecta en medio de las dificultades.
Ojalá, quienes lean este artículo, puedan presionar su control para cambiar de canal y aislar a un muchachito que pretende un país negativo donde él solo es el protagonista, y que la historia no la conforma la novela negra de peor factura por él escrita. Qué bueno que los empresarios, en acto de responsabilidad, vetaran contratar allí sus pautas.
