Al fin: ¡la paz!
Por Carlos Tobar
Estamos acariciando la paz. Las FARC, la guerrilla más vieja del mundo, llegó a un acuerdo con el Gobierno colombiano para renunciar al uso de las armas como forma de hacer política. No es un logro de poca monta. Por el contrario, es muy importante que en el país se silencien miles de fusiles que han llevado dolor, incertidumbre, miedo, desplazamiento y muerte a millones de ciudadanos en más de 50 años de violencia sin sentido, porque lo primero que se debe decir, es que el accionar armado de las FARC no se tradujo en algo beneficioso para el pueblo por el que decían luchar. Fue una etapa política de estancamiento e incluso retroceso para las fuerzas populares que trataron, de manera infructuosa, contener las políticas antinacionales de los gobiernos oligárquicos. Estos estigmatizaron a los sectores que se rebelaban con el ‘sambenito’ de guerrilleros o ‘infiltrados por la guerrilla’, para despachar así la discusión de cualquier aspiración justa, pero, como corregir errores es una actitud inteligente, se debe reconocer a las FARC el valor que han tenido para retornar al campo de la lucha política legal. Acoger y respetar las normas comunes que todos los colombianos nos hemos dado para dirimir las diferencias políticas, sociales, económicas…, es una ganancia para la deformada e insuficiente democracia colombiana.
Con la decisión de declarar el cese bilateral de fuego y hostilidades, el Gobierno y las FARC crean una sensación de tranquilidad en las zonas afectadas por la confrontación armada, que se vuelve un activo de gran importancia para los habitantes de dicho entorno. No tener el riesgo de “la pistola en la nuca” es una ganancia inapreciable de seguridad personal y colectiva, que quienes no hemos tenido que convivir de manera directa con tales amenazas, no comprendemos plenamente. Esta sola ganancia, a más de no tener que sufrir con el reclutamiento de los hijos (guerrilla y ejército), o la presión de la extorsión, o el secuestro, etc., hace defensable el acuerdo de paz. Quién no entienda esto, como dice el filósofo antioqueño, no entiende nada.
En honor a la verdad hay que decir que las FARC no fueron la única organización o grupo de personas responsables del vórtice de violencia que se extendió como ‘azote del diablo’ por campos y ciudades: miles de hechos de absurda sevicia y crueldad fueron protagonizados por las fuerzas armadas del Estado, instigadas desde el Gobierno y por empresarios y terratenientes, infringiendo las más elementales normas de los derechos humanos, algo que hoy el Estado reconoce en el acuerdo.
El Plebiscito que se ha puesto a consideración del pueblo colombiano es la oportunidad que tenemos de abrir una nueva época, en que la violencia no sea la norma para la resolución de las diferencias políticas o sociales, por el contrario, que sea la excepción, e incluso que desaparezca del lenguaje y accionar cotidiano de los colombianos. Esa aspiración debe ser propósito de todos los ciudadanos, ¡de todos! Por eso, participar el próximo 2 de octubre votando copiosamente por el Sí a los acuerdos, debe ser un compromiso nacional. Se lo debemos a Colombia, nos lo debemos nosotros.
