Al borde de una ilusión
Luis Miguel Flórez Saab
No terminábamos de celebrar nuestra Independencia, y en 1812 ya nos estábamos matando: era la guerra civil entre Centralistas y Federalistas. El siglo XIX fue un infame escenario de intermitentes enfrentamientos que limitaron nuestro despegue y sembraron en nuestra incipiente nación la semilla de la discordia.
La cruenta guerra de los “Mil Días”, abría el siglo XX, y dejaba una huella de horror y desolación. No sirvieron de nada los más de 100.000 muertos. Y “no sirvieron de nada”, porque nada cambió: se profundizó la desigualdad y las diferencias ideológicas se hicieron irreconciliables.
Los esfuerzos progresistas y de justicia social, se estrellaron siempre con la intolerancia de quienes querían conservar a sangre y fuego sus privilegios. Luego la violencia acumulada rebrotaría nuevamente en nombre de banderas azules o rojas. De 1946 a 1960, esta fatídica herencia llenó de terror el campo colombiano. También serviría de abono al movimiento guerrillero.
Desde comienzos de los 60, el conflicto interno ha impactado brutalmente nuestra realidad, y hoy arroja cifras escalofriantes: casi 300 mil muertos, de ellos 180 mil civiles, y 7 millones de desplazados. Miles de secuestrados, extorsionados o desaparecidos. Estadísticas que documenta el Centro de Memoria Histórica, pero que aparte de su registro, tienen el rostro de las víctimas de la violencia criminal de una guerrilla arrogante, que degradó su accionar con el manoseado pretexto de la lucha social.
En esa espiral de retaliación, el crimen político en Colombia se ha nutrido de otros agentes e instigadores. Empresarios o terratenientes financiadores, y el mismo Estado, no han sido ajenos a esa siniestra responsabilidad: el exterminio de la Unión Patriótica, los asesinatos de activistas de izquierda, y el paramilitarismo, engendrado como una perversa legitimación de la represalia.
Basta así un breve repaso a nuestra historia, para comprobar que nos enfermamos precozmente de intransigencia y odios. Tuvieron que transcurrir años de dolor, para llegar a la disyuntiva de la paz y convertirla en camino obligado a la supervivencia; porque la guerra como única salida resulta inviable.
Por eso, más allá de negociaciones y acuerdos, urge una significativa transformación cultural: tendremos los colombianos que superar la diatriba monotemática del odio. La respuesta visceral que se inspira en la venganza. Tendremos que darle paso al debate civilizado de las ideas, al respeto por el contrario y a las propuestas constructivas.
Aun con el enmarañado trecho que falta por recorrer, nos encontramos a las puertas de una paz cierta y sostenible, y necesitaremos de un espíritu superior para reconciliarnos.
Ojalá nos sirvan de inspiración las palabras del Papa Francisco: “Copiar el odio y la violencia del tirano y del asesino es la mejor manera de ocupar su lugar. A eso este pueblo dice: No! “.
