Adiós, Myriam Plazas
José Israel Charry Calderón
No siempre las noticias son gratas y, una de ellas, esta semana, fueron referidas a la partida definitiva de Myriam Plazas de Echeverry. Esta dama, para ilustración de las nuevas generaciones, formó parte de la familia de los dirigentes políticos y sociales Alfredo y Guillermo Plazas Alcid, hijos de doña Susana Plazas.
Myriam, como le llamamos cariñosamente, fue una mujer excepcional. Igual que sus hermanos, tuvo un origen humilde y los primeros años los vivió en la zona rural del municipio de Baraya. Trasladados a Neiva y con el propósito sublime y superior de contribuir a la formación académica de sus hermanos, optó, como pocos seres humanos lo hacen, por renunciar a la terminación de sus estudios de bachillerato. “Mamá –le dijo a doña Susana- yo quiero apoyarte en los gastos de educación de Alfredo y Guillermo para que tu carga no sea tan pesada”. Fue así como entró a una escuela de capacitación en mecanografía y taquigrafía. Estamos hablando de la década del cuarenta en el siglo pasado. La capacitación tecnológica fue gran soporte para que se vinculara laboralmente a la Rama Judicial. Con su salario contribuyó, de qué forma, a que sus hermanos concluyeran el bachillerato en la capital del Huila y luego hicieran una carrera profesional en Popayán, en donde, además, se reencontraron con su progenitor, quien les apoyó también de modo importante. Una vez que el doctor Guillermo Plazas Alcid se graduó de abogado, fue nombrado Juez en El Tambo, Cauca. Concluido su paso por esa localidad, Myriam se dio a la tarea de conseguirle un nuevo cargo. Y lo logró por su cercanía con algunos magistrados que desde entonces le admiraban y valoraban como lo merecía. Entonces, el doctor Plazas fue nombrado Juez en Pitalito.
Los anteriores son algunos referentes que permiten construir un concepto de quién fue la gran mujer que desde aquí estamos despidiendo, a quien recordaremos y a quien tendremos de ejemplo para las presentes y futuras generaciones de cuánto se puede hacer en nombre del amor, la amistad, la hermandad y el corazón generoso que todo lo da, sin esperar una contraprestación material o económica. Eso, en mi modesta opinión, es ser verdaderamente grande.
Adiós a la esposa del inolvidable colega el periodista Fabio Echeverry Campuzano. Nuestra solidaridad con su hija, su nieta y toda su familia, quien lamenta su partida, pero tendrá el gran orgullo de contarla como una criatura humana digna de las mejores imitaciones, para bien de la humanidad.
