Acudiendo al Sagrado Corazón (I)
En todos los pueblos y naciones el corazón es signo de amor, en la línea de los más puros y honestos sentimientos.
Es para el cristiano verdad fundamental que el Hijo de Dios se hizo hombre, uniéndose en El la naturaleza divina a la naturaleza humana, y ésta, en su plenitud, teniendo desde el primer momento de su concepción el latir de un corazón como centro de sus sentimientos y bondades. Ese el Corazón de Jesús, que “habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo” (Jn.13,1), instituyó el sacrificio y banquete de la Eucaristía, y derramó, luego, hasta la última gota de su sangre para remisión de los pecados de la humanidad (Jn. 19,34).
Las verdaderas devociones no son a ésta o aquella imagen, sino a cuanto en ellas se representa, y no son a este cartón o yeso en que está plasmado éste o aquel aspecto de la vida de Jesús o de un santo. Honrar a Jesús en su infancia, o en su crucificaxión o resurrección, en su corazón o en su sangre o llagas, es un homenaje a El, a quien invocamos, con confianza, sea cual fuere el aspecto que mueve nuestra devoción. Fue significativo el hecho, y realidad, de que a Jesús, en la cruz, no le quebraran sus piernas, según se acostumbraba hacerlo a los ajusticiados, sino que “un soldado le atravesó el costado con una lanza, y, al instante, salió sangre y agua” (Jn. 19,34), constatándose, así, su muerte y el amor sin reservas a la humanidad que redimía. A ese corazón abierto, signo de su infinito amor, es al que rendimos homenaje en imágenes y fiestas en su honor.
Siglos más tarde, el amor de Jesucristo quiso abrirse paso en la Iglesia manifestando El mismo en apariciones, debidamente comprobadas, a la religiosa de la Visitación Santa Margarita María de Alacoque (1647)-1690), con solicitud de que se rindiera homenaje a su Corazón Sacratísimo. Surgió, de allí, fiesta anual en su honor y en los primeros viernes de cada mes, con promesas de su especial protección en la vida, y prenda de muerte en su amor, a quienes lo honrasen con comunión fervorosa en esas solemnidades.
Hoy, desde Colombia, en este momento de discernimiento sobre lo más conveniente para su futuro, acudamos a El, implorando una paz verdadera, basada en su mensaje de justicia de arrepentimiento de crímenes y de fraterna reconciliación.
