2017
Diógenes Díaz Carabalí
Digamos que acabo de llegar al 2017. El cambio de calendario, me refiero al cambio de año, trae consecuencias adherentes que sumergen en el asueto. Por muy laborioso que uno sea, el fin y comienzo de año te mete de lleno en el las fiestas, ideal para compartir con seres queridos, para hablar de añoranzas, para recordar los muñecos de carey, las pelotas de caucho con el abecedario impreso, los vasitos de plástico para lavar los dientes, los cepillos con figuritas en el extremo con que éramos obsequiados en nuestra lejana infancia. Y a los hijos les encanta que contemos cómo eran esas navidades, cómo pasábamos el año nuevo, a qué hora comíamos el pollo relleno con vino de manzana.
A decir verdad, las cosas no han cambiado mucho. Es cierto que la tecnología desborda innovación, pero el sentido y la práctica es la misma. Tampoco hemos aprendido mucho de la experiencia de quedarse sin un peso en enero, por gastar más de la cuenta en diciembre. Las primas son como el incentivo para adquirir cosas superfluas, para endeudarse. Los primeros en hacer su agosto son los taxistas, por extraña circunstancia todo el mundo prefiere andar en taxi; y la ropa, que ha estado exhibida en los estantes durante todo el año, ahora nos parece más bonita. Nos da por cambiar de celular, por adquirir el portátil de última tecnología, los muebles de la casa nos parecen pasados de moda, hay que comprar vajilla nueva, hay que pintar los muros de la casa con colores atrevidos.
Estamos como obnubilados con las fiestas. Invitamos a familiares que nunca nos frecuentan y que hasta han negado el parentesco, o nos invitan a pasar temporadas en lugares que jamás frecuentamos. Como renovados por la época, no nos importa la suerte que sigue el año entrante, con la premisa de que “Cuando hay que gastar, gastemos.”
Digo esto porque apenas estamos entrando en el nuevo año que no pinta muy rosa. La reforma tributaria, en donde los más pobres tenemos que asumir el hueco fiscal de un gobierno despilfarrador y corrupto, nos espera a la vuelta de la esquina. A partir del primero de febrero no van cobrar IVA del 19 % hasta por volver la mirada, sino que ese IVA nos lo están metiendo desde el primero de enero en todos los artículos. Por extraña circunstancia, todas las cosas, como dicen las señoras, están más caras. Comer en restaurante se volvió artículo de lujo, salir de la ciudad es aprovechado por los transportadores quienes reajustan los pasajes de manera exorbitada, y eso si quiere, te dicen. Los huevos de trescientos, ahora son a trescientos cincuenta; el plátano de quinientos, ahora vale mil pesos. Y la respuesta es No ve que subió el IVA, una reforma que nos imponen a pesar de la promesa del presidente, firmada sobre mármol.
Lo que uno ve, aterrizando en el 2017, es que éste va a ser un año difícil, de mucho conflicto laboral, de mucha confrontación verbal, se radicalizarán las posiciones sobre la concepción del estado y la visión del país, con una campaña electoral con acusaciones mutuas, pero en donde los pobres van a ser más pobres y los privilegiados empresarios van obtener jugosas ganancias. Y sobre todo, donde nos vamos seguir tragando los mismos cuentos.
