2 de octubre de 2016
Por Gloria Cepeda Vargas
El Plebiscito se votará el próximo 2 de octubre. Y ¿Qué significa la palabra que hoy es pan de cada día en Colombia? Pues simboliza Procedimiento jurídico por el que se somete a votación popular una ley o un asunto de especial importancia para el Estado.
En torno a un acontecimiento que a todos nos compete –aunque los habitantes urbanos no sepamos nada de los horrores de una guerra librada fuera de nuestras fronteras personales- se tejen toda clase de comentarios. Los unos en perpetuo olor de contumacia. Los otros reproduciendo los run runes que les aplica el viento, como si fueran loros amaestrados o máquinas de repetición.
Desde mi pequeño periscopio, avizoro un desconocimiento craso no solo del contenido de los acuerdos de La Habana publicitados el domingo por casi todos los medios de comunicación, que por ladrilludos son inabordables. Lo que existe es una actitud robótica sembrada en el inconsciente colectivo, el cual hace tiempo debería haber sacado la cabeza del círculo vicioso donde no se cansa de dar tumbos.
Aducen que Santos pondrá en manos de Timochenko y compañía todo lo que nos refresca el alma en este país del Sagrado Corazón. Que el ejemplo lo tenemos en la Venezuela mendicante. Que una bandera con la hoz y el martillo como protagonistas, flameará en sustitución de nuestros tres colores emblemáticos, mientras el Centro Democrático, con Uribe al norte, al sur, al este y al oeste, protesta, dirime, aúlla, y busca con ojo zahorí, la más insignificante o irracional circunstancia para cerrar el paso a lo que Colombia y los damnificados de más de medio siglo de guerra necesitan. Ya es hora de que la vida y la muerte en Colombia ocupen el lugar y el momento que les corresponde, no el que les imponen, y que la mujer, el hombre y el niño campesino puedan dormir en paz.
Lo que preocupa es el concepto de paz que se maneja en los círculos privilegiados del poder y de la sociedad. Somos uno de los países más inequitativos del continente y por lo tanto, más a la zaga cuando de democracia o civilización se trata. Esta especie de agua muerta donde, como en una capa de lama venenosa, solo sobrenadan los de siempre. Esta historia llena de remiendos, de recovecos, de venias a quien no las merece y vituperios al disidente. Este cuento protagonizado por los honorables con prontuario y los ladrones de cuello blanco con palacio por cárcel, no merece semejante afrenta. Paz no significa inmovilidad o tapujo. Paz es un equilibrio del alma, un territorio donde todos cabemos sin atropellarnos, una demostración de la superioridad que tanto pregonamos.
Quienes esperan que en virtud de la firma del Plebiscito Colombia se convierta en un país limpio totalmente de las atrocidades o secuelas producidas por una guerra de casi sesenta años, saben que se equivocan. Fueron muchos días y muchas noches de horror cohonestado por una sociedad y un Estado primitivos. Guerrilla, paramilitares y narcotráfico son solo la punta del iceberg. Todos sabemos lo que navega bajo la línea de flotación.
Por sus ejecutorías y corresponsabilidades en el gobierno de su exjefe, no era Juan Manuel Santos el hombre que necesitábamos. Lo reivindica habérsela jugado a fondo por una causa que sus antecesores también tuvieron en mente, incluido su hoy desaforado contradictor.
El hecho de que las FARC obtengan participación en la viciada política colombiana, no debería sorprender a nadie. Es obvio que ése es su propósito bandera y deberán batirse en ese campo con el viento en contra. Para lograr una vida consecuente con el derecho humano, todos debemos deponer las armas. No solo se asesina con balas o cuchillos; también se hace con la hipocresía institucionalizada y con esta compra venta hasta de lo más sagrado, que nos hace tan temibles como pequeños.
