martes, 14 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2015-11-18 08:09

“París bien vale una misa”

Carlos Tobar

Escrito por: Carlos Tobar
 | noviembre 18 de 2015

El mundo está conmocionado con los trágicos sucesos del fin de semana pasado en París. La larga y difusa mano del terrorismo en su variante más brutal, la de carácter religioso, desató un ataque indiscriminado contra la sociedad civil: un estadio de futbol, un recinto de espectáculos, cinco bares y restaurantes…La forma no pudo ser más sorpresiva e indiscriminada; la intención generar pánico colectivo, el miedo generalizado en todas las actividades ordinarias y corrientes de la sociedad. El objetivo, según sus posibles autores, que desde la metrópoli se sintiera en carne propia la incertidumbre y el miedo que viven los pueblos que sufren la ocupación y la guerra por las políticas imperialistas de las grandes potencias. Iraq, Afganistán, Libia, Siria, Palestina…, agredidos por Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Italia, Alemania…, en su afán desmedido de continuar el saqueo de las riquezas y el trabajo de pueblos que tienen el derecho a la libertad, la independencia y la soberanía de sus territorios.

No es el terrorismo, sobre todo en su peor variante: los ataques indiscriminados contra civiles inermes, la forma de reivindicar sus reclamos por justos que sean; pero esa es la causa. Situación que se agrava por la creciente desigualdad entre el mundo rico y sus emblemáticas multinacionales, las que concentran las inmensas riquezas de la economía mundial, a costa de la miseria y el atraso de regiones enteras del planeta, que no han podido superar sus carencias por las reglas ventajistas de la economía del capitalismo financiero parasitario que, a la sombra del “libre mercado”, avasalla sus débiles economías nacionales.

La mayor privación de los pueblos en desarrollo es la falta de empleo. No hay trabajo para miles y miles y miles de gentes humildes que tratan de sobrevivir en actividades informales, a la par que los gobiernos buscan apaciguarlos con políticas asistencialistas que los corrompen y degradan. La última vía de escape a los horrores de la guerra y a las cornadas del hambre es la inmigración. Desde mediados del siglo pasado, después de finalizada la II Guerra Mundial Imperialista e iniciado el proceso final de descolonización de Asia, África y América Latina, una corriente silenciosa y creciente de migrantes de los países atrasados se fue desplazando hacia los países ricos, especialmente de Europa, y a los Estados Unidos. Ha sido la forma desesperada de buscar oportunidades que les niegan sus países de origen. Fórmula que funcionó mientras la economía capitalista se recuperó de los estragos de las dos conflagraciones mundiales.

Ahora, estamos frente a la desesperación de millones de personas, del 80% de la población mundial que no encuentra en el actual modelo económico un espacio para sus proyectos de vida. Si a esa desigualdad, de proporciones mayúsculas, le sumamos la degradación ambiental de la Tierra, del territorio común, cuyas riquezas naturales depredamos a nombre de la cultura individualista del lucro y la ganancia privada, podemos empezar a entender como avanzamos con los ojos abiertos hacia “una tormenta perfecta”.

Los sucesos de París van a ser en el futuro inmediato un juego de niños de no cambiar, de manera radical, la forma de vernos como sociedad. No me hago ilusión de un futuro seguro. La desesperación siempre ha sido mala consejera, y los pueblos están entrando en ella.