lunes, 13 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2016-04-03 11:16

“Dichosos los que creen sin haber visto”

Toño Parra Segura

Escrito por: Redacción Diario del Huila | abril 03 de 2016

Asistimos a una respuesta generosa, entusiasta y libre de nuestra gente en la celebración de la “Semana Mayor”; cada vez con más fervor, seriedad en los ritos y ceremonias pascuales. ¿Qué dirán ahora los comentaristas despistados y fariseos modernos?, que aprovecharon sus columnas para dar consejos a la iglesia, para respirar por las heridas de maniqueos que pretendieron dar respuestas desde el cambio de los mandamientos hasta la supresión del celibato eclesiástico con una ignorancia crasa aún en los términos y en especial, en contraste con la coherencia de renegados de la única Iglesia de Cristo.

Tranquilos, que el señor bondadoso está vivo y conoce todo lo que hay dentro de sus corazones enfermizos.

Hoy, el señor resucitado, por segunda vez, se deja ver de sus discípulos con la ausencia de Tomás, el gemelo. El saludo de Cristo siempre es de paz, desde que la cantaron los ángeles de Belén, hasta el día en que vence el pecado y la muerte.

No hay nada improvisado en los evangelios, y así, el discípulo inquieto en su fe encuentra una nueva ocasión para confesar de rodillas al “Señor su Dios”.

Para que esa paz sea duradera en ellos y en el pueblo que les confía, les confiere en ese momento de gloria, la acción del Espíritu Santo con la secuencia que a muchos desorienta: “a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados, y a quienes se los retengáis les quedan retenidos”. En la sucesión apostólica que lleva siglos no podía quedar reducido este mandato a los discípulos sino a la iglesia que ha perpetuado su memoria.

Y el personaje protagonista de segunda categoría es Tomás. A algunos les gusta más Tomás que Pedro, porque encarna en su primer momento de angustia, la incredulidad que sufrió por no permanecer en comunidad con los suyos.

La frase popular “Ver para creer” como dice Santo Tomás, ha hecho carrera y es más repetida que aquella más profunda con la que remata el Señor la confesión forzada de Tomás: “Dichosos los que creen sin haber visto”.

Tendríamos que cambiar la primera frase: para poder ver se necesita creer, a menos que nuestra vista miope nos satisfaga en nuestra inteligencia con la apariencia de las cosas.

Los sentidos obran ante su objeto propio, “la fe es la convicción y la certeza de lo que no se ve”, según la carta de Pablo a los Hebreos. Pero la fe es una iniciativa de Dios, es un don, es una gracia que no todos alcanzan. En el mundo en que vivimos de técnicas, de descubrimientos, nos metieron en un materialismo intelectual que exige tocar las cosas, desbaratar la materia para que ella nos dé la razón de la vida; son inconsistencias que hacen sufrir porque cada hombre “es un mundo en miniatura” y en él, como en la naturaleza, hay desastres, terremotos, tsunamis, que pueden terminar con la imagen que llevamos de Dios.

Somos privilegiados y dichosos cuando el señor hoy nos pone frente a otra realidad para que lo veamos a Él: metiendo el dedo en la llaga de los que sufren y tendiendo la mano para tocar nuestro corazón egoísta. Esta es la visión que no nos gusta. Nos llama más la atención lo espectacular, los ruidos nocturnos, las voces de la auto-sugestión y tantas otras cosas que distorsionan nuestra fe.

La fe se nutre como en lo humano, de conocer la persona, de amarla y de depositar la confianza en ella. Eso nos pide el Resucitado: ya que hemos creído tanto en los hombres y nos han engañado, creamos en Jesús que es “Camino, Verdad y Vida”.