“Ésta es la voluntad de Dios, que seáis santos”
P. Toño Parra Segura
Antes de la terminación del año litúrgico, la Iglesia ha establecido la festividad de todos los santos, iniciada por el Papa Bonifacio IV en el año 607 en honor de la Santísima Virgen María y de todos los siervos de Dios que no tenían un día especial. Se celebraba en el antiguo Panteón, lugar dedicado a todos los ídolos paganos. Después San Gregorio IV la extendió a todas las Iglesias del mundo en el día de hoy.
Tuvo como motivo el reparar el olvido de tantos personajes cuya vida fue un verdadero testimonio de fe cristiana, el alcanzar favores con su invocación y en especial la imitación de sus virtudes al alcance de todos.
Ya desde el Antiguo Testamento encontramos en el libro del Levítico frases como esta: “Santifíquense y sean santos, porque yo soy santo” (Lev. 11, 44), o en Jeremías: “Antes que nacieras te consagré” (Jer. 1, 5), para indicarnos que la santidad está al alcance de todos, por la calidad que tenemos al ser hijos de Dios y herederos del Reino. En la primera carta de Pedro también nos lo recuerda “Somos raza elegida, nación consagrada, pueblo santo” (1 Pe. 2, 9).
Así comprendemos mejor el sentido de esta fiesta, que nos anima a comprender lo que es la santidad, a entenderla como una meta del cristiano y a llevarla a la práctica con la imitación de los santos.
La santidad no consiste en hacer milagros ni en hacer cosas extraordinarias sino en hacer lo más sencillo extraordinariamente bien, como decía Santa Teresita del Niño Jesús con su frase contundente: “Mi vocación es el amor”.
Así, en cada en cada vocación encontramos seres que nos han precedido ya en el Reino y que entendieron esto como su ideal y su obligación.
Hay santos niños, jóvenes mártires, casados de ambos sexos, reyes, labriegos, hermanos legos, sacerdotes, obispos y Papas que murieron en “Olor de santidad”.
La santidad, entonces, comienza aquí abajo y es como el segundo apellido de los bautizados, así San Pablo en la primera carta a los Tesalonicenses les dice: “la voluntad de Dios es que seamos santos” (1 Tes. 1, 4 – 3) y en la carta a los Filipenses termina diciendo: “Saluden a los santos” (Fil. 4, 21).
Hay que buscar, entonces, aquí abajo los medios para una verdadera santidad, distinta a la que muchos se imaginan, de fanatismos, de prohibiciones y de amenazas para esperar el Reino. Ese Reino tiene los medios propios para dar frutos de santidad en el amor a Dios y a los hermanos.
A los santos hay que imitarlos, no solamente pedirles favores y milagros.
