¡Qué delirios de grandeza!
Froilán Casas
Tenemos una cultura visceral y tropical. Nos emocionamos e ilusionamos fácilmente, pero también, nos deprimimos velozmente. Somos como el péndulo, de extremo en extremo. Si ganamos el primer partido de las eliminatorias de la Copa Mundial del fútbol, ya somos los campeones mundiales. Al héroe de hoy, maña lo volvemos villano. Tenemos un bus destartalado y lo ilustramos con la publicidad: CLASE EJECUTIVA. A un cuchitril de negocio, lo llamamos supertienda. A veces nos creemos el ombligo del mundo y vivimos la más cruda pobreza. Creemos vivir en la ciudad más hermosa del planeta y a la par, silenciamos los cinturones de miseria que atraviesan la gran urbe. Parece que nos gusta deleitar nuestra pereza viendo las series de “Superman”, “Rambo” y similares y, ahí vamos. Vivimos construyendo castillos en el aire y a la par, alimentando la más nefasta pereza. Nos quedamos grandes en el imaginario, no aceptamos la realidad. Nos quedamos viendo la bola de cristal de la suerte y no tomamos la herramienta de trabajo para trasformar el mundo. Vivimos consultando horóscopos y la carta astral y no damos un paso para obtener los logros que anhelamos. ¡Qué ilusos que somos! ¿Quién nos cambiará?
La ignorancia acompañada de la arrogancia, es atrevida. Al hablar del proceso de paz, por ejemplo, se afirma: la historia se partirá en dos, “antes de la firma y después de la firma”. El único que ha partido la historia en dos es Jesucristo. Los demás son unos pobres aparecidos. Napoleón quiso cambiar el calendario cristiano que había sido elaborado en la época de Julio César –calendario juliano- ajustado por Dionisio, monje sirio, apellidado el Exiguo, por allá a finales del siglo sexto y luego ajustado por Gregorio XIII a finales del siglo XVI. El emperador francés ordenó el calendario republicano en 1794, calendario fruto de su prepotencia y endiosamiento de poder. Calendario que fue abolido al poco tiempo. El marxismo-leninismo de la otrora Unión Soviética le dio un “cambio” a la denominación del calendario gregoriano, ya no se digitaban los datos cronológicos: antes o después de Cristo; sino antes y después de nuestro tiempo. Al caer el muro de Berlín, también cayó esa escritura del tiempo. Ya desde Prometeo -quien robó el fuego a los dioses para traérselo a los hombres- se ha querido sacar a Dios de la ciudad humana. ¡Qué soberbio e iluso que es el hombre! En la época antigua se elaboraba el calendario de acuerdo con hechos importantes en la historia de los humanos. Con frecuencia los gobernantes endiosados, “partían” la historia: por ejemplo, antes y después de Alejandro Magno. Pero tres generaciones posteriores, ni siquiera sabían quién había sido Alejandro. El filósofo vitalista F. Nietzsche le declaró la muerte a Dios y se creyó él el Gran Superhombre. Pero Nietzsche murió y Dios sigue vivo en Cristo resucitado. Pobres hombres, se creen tan grandes, siendo tan pequeños. La historieta de la Torre de Babel que nos narra el Libro Santo, el hombre desafió a Dios levantando una torre que llegara hasta el cielo. Dios dijo: “Confúndanse las lenguas”. ¡Pobre hombre! ¿En qué quedó su grandeza? ¡Ah hombre, tan grande y tan pequeño!
