¡Nos estamos incendiando!
Es cierto que Neiva es una ciudad de clima cálido. Qué el valle que se extiende hacia el norte se conoce con el nombre del “Valle de las tristezas”.
Qué nuestra región norte es árida o semiárida. Qué incluso uno de sus atractivos turísticos es el desierto de La Tatacoa. Pero el clima de estos días ha sido verdaderamente infernal. Los 39° a la sombra del domingo pasado fue insoportable. No sabíamos dónde meternos: el ‘sofoco’ como decían los abuelos era agobiante. Cada quién lo escampó a su manera: desde bañarse dos y tres o más veces al día, hasta desplazarse a Rivera o La Ulloa, buscando un clima más fresco. El tema de todos, ha sido el fuerte calor que invade nuestra vida cotidiana.
Si estos son síntomas del calentamiento global, y las oscilaciones fuertes del clima, una característica de ese fenómeno, debemos prepararnos para comportamientos opuestos en los inviernos por venir. Pero, ¿estamos preparados para estas situaciones extremas? No más, la semana pasada un incendio de grandes proporciones arrasó cerca de dos mil hectáreas en el corregimiento de Motilón, al oriente de la ciudad. Impotente, el cuerpo de bomberos tuvo que resignarse a observar como el fuego devoraba bosques y arbustos, hectárea tras hectárea, porque no cuenta con las herramientas mínimas para abordar este tipo de conflagraciones. Si no aparece el providencial aguacero que se descargó por la zona, el desastre hubiese sido de proporciones aún más graves que las presentadas.
Fuera del pomposo documento elaborado por la Cam, orientado al mercado y, dirigido y financiado por la Usaid –la agencia de intromisión gringa en los asuntos de su interés en nuestra nación–, el estado hizo ‘mutis por el foro’, ‘no apareció ni por las curvas’, por ejemplo, la agencia presidencial para la atención de desastres. Y el alcalde...de viaje. Con una ciudad que presenta muchos factores de vulnerabilidad para la seguridad y tranquilidad de sus ciudadanos: una fuente de suministro de agua potable inestable y precaria; un sistema de manejo de aguas lluvias, prácticamente inexistente; escasísimas áreas verdes de amortiguamiento de fenómenos climáticos extremos; un manejo de las fuentes hídricas improvidente, que ha conducido a su agotamiento y desaparición física; etc., un plan de manejo del cambio climático serio, concienzudo, metódico, con participación de la ciudadanía, es un imperativo de hoy.
Cuando se está reformulando el plan de ordenamiento territorial del municipio, para los próximos 12 años, los ciudadanos esperamos que las propuestas contemplen la construcción de una ciudad sustentable. Más que obras de cemento y ladrillo, los planes maestros de servicios públicos; ambiental –urbano y rural–, que incluya el plan de manejo de la cuenca del río de Las Ceibas y la identificación e inventario de las aguas subterráneas; de espacios públicos, que considere zonas verdes y parques a lo largo y ancho del territorio; de arborización; de movilidad, con espacios amigables para el peatón y la bicicleta;…debieran guiar las aspiraciones en calidad de vida de los neivanos. ¿Será mucho pedir?
