Nuevas teocracias
¿Qué es una teocracia? Es la pretensión del hombre de querer gobernar en nombre y con la autoridad de Dios. Pero, ¿quién se cree usted para sustituir a Dios? Es la soberbia humana que se atreve a presentarse, para camuflar su ego lleno de poder, de avaricia y ambición desmedida. En casi todos los gobiernos de la antigüedad y en casi todas las culturas, los reyes y, en general los gobernantes, escondían su poder despótico, gobernando en “nombre de Dios”, ¡qué osadía! Lo más terrible es que una cultura en etapa infantil, se “traga el cuento” y es objeto de toda manipulación posible.
El gobernante, en ese contexto, comete los crímenes más abyectos y lo más grave aún, es aprobado por sus gobernados, ¡hasta dónde puede llegar una alienación, una enajenación de la conciencia! La historia, los hechos nos demuestran que las teocracias en todos los contextos sociales y políticos han sido nefastas para la humanidad, para los pueblos. Yo creo que es sabio no repetir lo errores del pasado. Hoy un alto porcentaje de la población del planeta está siendo gobernada por gobiernos teocráticos. Para la muestra, los países de cultura islámica. Los gobernantes se proclaman enviados de Dios.
En un régimen teocrático no tiene cabida el disenso, la autoridad es totalmente vertical y, es más, las leyes deben ser obedecidas sin dilación, sin sentido crítico. Disienta en un país teocrático y verá lo que le sucede. Es igual que en los países totalitarios de un solo partido, como los regímenes comunistas, el disenso no existe. Llegan al poder como demócratas y en llegando se vuelven lo más crueles tiranos. ¡Ah, no hay como las democracias! Nuestra Iglesia Católica, como institución humana, cayó en el llamado cesaropapismo. ¡Qué horror, qué pena! Entonces, ¿para qué repetir los errores del pasado? Para mostrar claridad en nuestro propósito, la Iglesia Católica no tiene ningún brazo político, mejor, no tiene ningún partido político. Hay que respetar el mensaje de nuestro Maestro: “A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”. Una separación de la Iglesia y el Estado es lo más sano políticamente hablando. Infortunadamente hoy algunos llamados cristianos, pretenden defender causas y consignas, poniéndoles etiquetas “cristianas”.
Los cristianos católicos gozan de total libertad para formar o afiliarse a los partidos. Nosotros los pastores no tenemos ninguna incumbencia en intervenir en las posiciones y opciones de nuestros creyentes. Pero, ¡cuidado! No podemos pasarnos al otro extremo, la indiferencia frente a las causas políticas. Hay propuestas que van en contra de los principios cristianos. Hay que distinguir entre un Estado laico y un Estado laicista; el primero respeta las creencias de los ciudadanos, el segundo las masacra y combate. Pretender sacar a Dios de la vida pública va contra la identidad humana y por ende contra nuestras creencias. Quien enarbole tales causas no puede tener el voto de los cristianos católicos, esto debe ser claro. En esto no podemos ser neutrales. Nuestro silencio puede dar pie a la aprobación de causas que van en contra de nuestros principios. La dimensión espiritual es inherente a la naturaleza humana.
