Ni Maduro, ni Guaidó
Maduro ya hubiera caído si Trump no mete el pico. Y si nuestro Duque no hubiera acudido de sapo. Latinoamérica, en su inmensa mayoría, tiene una clara animadversión contra los gringos, por la experiencia que han dejado sus intromisiones en nuestros países, donde ha resultado peor el remedio que la enfermedad. Y los venezolanos siempre han tenido una original bronca en contra de los colombianos, especialmente en contra de nuestras autoridades. Por lo que llama a la solidaridad entre ellos cuando nuestro presidente, antes Uribe, ahora Duque, abre la boca para hablar de fronteras, para hablar de sus problemas cuando los nuestros son tan graves, o peor que los suyos. Esa posición es histórica.
Las manifestaciones convocadas por la oposición, la de Capriles y la Machado, eran masivas (Al muchachito éste que puso Trump nadie en Venezuela lo conoce: en eso se parece a nuestro Duque). Y las repuestas de la mancha roja, convocadas desde el gobierno, se habían vuelto lánguidas, al parecer acudían las brigadas populares y los empleados del estado, pero desde que Trump comenzó a amenazar con intervención militar, y Duque a prestarse para la llegada de militares gringos a Bogotá, las mareas rojas volvieron a ser multitudinarias, el gobierno de Maduro aprovecha el patriotismo despertado por Chávez para calificar la postura de quienes apoyan a Guaidó (llámese Títere) como traición a la patria, pretensión de robo ambicioso de sus inmensos recursos naturales.
Según Duque, era cuestión de horas para que cayese Maduro. Pero los movimientos fueron calculados mal, porque ni cae, ni se avizora que pueda darse una solución pronta al problema venezolano. Al contrario, la situación se agrava. Los juegos geopolíticos entran a actuar, no ya con las tímidas declaraciones de la derecha latinoamericana, sino con el pulso de las potencias que tienen claro interés en la patria de Bolívar, radicado todo en el gas y el petróleo. Así, pues, Rusia moviliza aviones; China mueve su arsenal económico.
Y mientras tanto, ¿En qué condición quedamos nosotros? Mal, muy mal. Con una tremenda desconfianza en las relaciones internacionales. Como el verdadero patio trasero de los Norteamericanos, que no son los invencibles de antes, ni llevan en donde intervienen solución a los problemas. Lo ideal sería que al interior de Venezuela se construya un dialogo nacional para salir del momento crítico que padece su pueblo. Construir un acuerdo, sin influencia externa, que lleve al país a una forma de gobierno de consenso. Para eso tiene que ceder tanto la derecha, como la izquierda. Es al parecer lo que se deja ver en las últimas manifestaciones, porque los venezolanos no quieren la guerra ni el actual modelo que a todas luces es un fracaso; pero tampoco pretenden regresar a lo que ofrece la derecha, porque de allá vienen: una corrupción exagerada, una desigualdad social impresionante, y la total dependencia de los hidrocarburos, origen de la miseria y el deterioro ambiental que hoy padecen. Ojalá, esa búsqueda se dé, ahí, sí, en pocas horas, para el bien de Venezuela y nuestra América.
