Mea culpa
El país entró en modo “rabia latinoamericana”, pero con elementos propios y ya conocidos de nuestra realidad los cuales nos hacen recordar, que la violencia en este país, nunca se ha ido del todo.
En primer lugar, este ha sido un tiempo de manifestaciones e indignación sobre medidas que, aunque cacareadas o tergiversadas, hasta el momento no han entrado en vigor.
Y es que a este Gobierno le ha ido tan mal en el Congreso, (algunos dicen que por falta de aplicar mermelada entre los parlamentarios), que tal vez sólo bastaba con que se radicaran, para nacer muertas.
Muy distinto fue el trámite del incremento del IVA del 16% al 19% radicado en el Gobierno pasado, que aunque tuvo algunas discusiones, pasó sin muchas afugias, e incluso sin grandes manifestaciones.
Hoy por hoy, todos los reflectores, apuntan a una cabeza, la del Presidente de la República, lo cual deja entrever lo frágil que es nuestro Sistema presidencialista, un sistema de gobierno que necesita y se nutre de las otras dos ramas clásicas del poder público, más los entes de control.
Lo que pide el comité del paro, se lo está pidiendo a una pieza (muy importante por supuesto) de una maquina más grande que es el Estado. Lo que pasa es que dicha pieza no puede hacer todo por si sola. Y en este caso, no es sólo al Presidente al que se le debe pedir razón y cuentas sino también a un órgano que ha pasado de agache, y que incluso ha tenido la desfachatez de unirse a la manifestación en los últimos días.
Me refiero al Congreso de la República. Un Congreso que no ha sido capaz de hacer un mea culpa frente a la responsabilidad de sus acciones y la relación de estas con lo que está pasando en el País.
Un congreso que hunde proyectos importantes y embolata otros en la etapa final de conciliación, más si se trata de iniciativas que buscan acabar con la corrupción interna de dicha Corporación.
Porque eso sí, para autorregularse se encuentran siempre listos, mucho más si es en cuestiones leoninas.
A este país le está sobrando una cámara del Legislativo, miremos el caso ejemplar de Italia, uno de los países más conocidos en Europa por sus altos índices de corrupción. De seguro fue tanto el hastío por la paquidermia y el engrase de manos en dicha sede parlamentaria, que decidieron hacer lo que es apenas lógico, recortar las bocas nunca saciadas de sus representantes.
Que el transeúnte crea que el Presiente es un ser omnipotente que puede cambiar la realidad del país en un chasquido de dedos es apenas entendible, pero aquellos que conocen como funciona el Estado saben que perpetuar esa imagen falaz, es un acto cobarde y poco honesto con la gente.
A ver si las demás instituciones del Estado se animan a dar un paso adelante y se concientizan que esto no es sólo un problema que deba afrontar el ejecutivo como único responsable, si no también ellos.
