jueves, 09 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2018-04-01 04:01 - Última actualización: 2018-04-01 04:01

Los triunfos de Jesús

Escrito por: Padre Manuel Antonio Parra
 | abril 01 de 2018

padremanuelantonio@hotmail.com

Sería lo más triste para un cristiano el ignorar los misterios que se conmemoran en la Semana Mayor o en la Semana Santa cada año en el calendario de la Iglesia.

El anuncio primero de los apóstoles, el mismo día de Pentecostés fue el siguiente en labios de Pedro: “Israelitas, escuchen mis palabras; a Jesús el nazareno, hombre de milagros y prodigios… vosotros lo matasteis clavándolo en la cruz… pero Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte” (Hch. 2, 22 – 24).

Pablo afirma: “Nosotros creemos que Jesús murió y resucitó” (1 Tes. 4, 14).

Y en Romanos: “Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo” (Rom. 10, 9).

Toda la predicación de los apóstoles tenían el mismo anuncio y ese es el mensaje que hoy, de nuevo, se nos recuerda. La Semana Santa de ahora, entonces, no es un simple recuerdo de un suceso religioso del pasado, celebrado a través de representaciones, procesiones, imágenes y dramatizaciones, sino la invitación para que nos integremos y vivamos la misma acción de Dios presente y operante en la vida individual y colectiva. Es celebrar la Pascua y esto significa: “El paso amoroso de Dios por nuestro corazón”. Es una invitación a “beber el cáliz” con Jesús y a transformarnos en pan compartido y en vino derramado por los hermanos.

Hacer la Pascua es hacer el paso con Jesús hoy y ahora, en momentos bien difíciles para nuestro país donde sigue cada día la muerte de un inocente sea campesino, militar o político. Hacer el viacrucis es repasar cada una de las diversas expresiones de dolor y de angustia, mucho menos graves que aquellas que sufrió Jesús en la calle de la amargura. Es sentirnos perseguidos, es levantarnos siempre después de las caídas, es encontrarnos con María, es dejarnos ayudar de los cirineos, es el despojo total, es la muerte lenta para resucitar desde ahora con Jesús en la esperanza de la salvación.

Enmarcada está la semana santa en dos triunfos espirituales pero reales, distintos de los triunfalismos de muchos; el triunfo del domingo de ramos matizado con la lectura de la Pasión y el triunfo de la Pascua sobre las fuerzas del mal, sobre la muerte para volver a la vida.

Había tres modos de entrar en una ciudad: en forma guerrera y opresora, en briosos caballos de capitanes; en forma ostentosa y rica, en las lujosas carrozas de los millonarios; y en la forma humilde de un asno, que era la señal de los que llegaban en son de paz.

La Pascua es mucho más antigua en las tradiciones cristianas que el domingo de ramos. En un diario de una peregrina que data del año 400 dc. se haya la interesante descripción de lo que se hacía en esta conmemoración: “a las 5 de la tarde se lee el pasaje de la Pasión cuando los niños hebreos salieron al encuentro del Señor… luego el Obispo con todo el pueblo caminan desde la cima del monte de los olivos… el pueblo avanza cantando ‘bendito el que viene en nombre del Señor’”. Esta tradición de Jerusalén encontró una buena acogida en el pueblo y llegó a Roma a través de las comunidades cristianas de Francia y de España. En Roma, hasta finales del siglo X comenzó la celebración de la Semana Santa, se añadió la procesión de ramos hasta el día de hoy con los retoques de la reforma litúrgica el Concilio Vaticano II que tenemos ahora.

Reconocer que Jesús es el único Señor que merece toda nuestra adoración; Él quiere reinar en nuestro corazón y para realizarlo nos pide la humildad, para reconocer que todos somos pecadores y que a diario lo seguimos traicionando, negando y vendiéndolo por las mismas monedas de siempre. Que lo recibamos como Rey y celebremos con Él el amor manifestado en su muerte y resurrección.