Los peores enemigos
La semana anterior fuimos sorprendidos con noticias de la realización de una reunión que sostuvieron líderes de las desmovilizadas FARC y de los antes paramilitares a instancias ALVARO LEYVA DURAN en la que se planteó, a boca de los intervinientes, la posibilidad de llegar a acuerdos post conflicto para que los rezagos de esa fratricida guerra que ha invadido el país, no terminen por avivar la llama que por tantos años la mantuvo latente.
Ni el más optimista se imaginaría, hace tres (3) años, que después de sentarse en la mesa de diálogos, luego de hacer dejación de las armas y de estar a punto de conformarse un nuevo partido político, las FARC finalmente se someterían a las reglas de la sociedad democrática, contribuyendo en el deseo de pacificar el país.
Pero la que jamás imaginábamos es que estarían en una misma mesa quienes antes fueron los peores enemigos y desojaron vidas como pétalos de flores en medio de esa guerra inexplicable que tanto daño le ha hecho al país.
A pesar de tan significativo hecho, que sin embargo no fue auspiciado por el Gobierno –según se ha dicho-, sorprende también que el discurso interno de nuestros líderes, esos mismos en quienes están las grandes decisiones políticas del país, suba cada vez más de tono y se haya convertido en demanda nutrida de acciones judiciales por la falta de prudencia y el desdén en el trato hacia los demás.
Sorprende que haya gente tan interesada en acabar lo mucho o poco -pero al fin existente- conseguido en los diálogos de La Habana, para seguir obteniendo réditos políticos a costa de sufrimiento que encarna la guerra.
De qué sirve que los antes violentos y archienemigos se sienten, si los que en cambio representan la institucionalidad se baten en medio de discusiones groseras y agresivas dando mal ejemplo y generando el mismo caldo de cultivo que otrora generó las diferencias partidistas, trayendo como consecuencia la muerte de tantas personas y permitió que surgieran grupos violentos.
Ojala se entienda en nuestro país que tanto esfuerzo y tanto “sapo” que nos hemos guardado, no puede ser en vano y que antes que seguir fomentando con beneplácito la violencia en el discurso y la palabra, nos comprometamos con todo un país, dejando de pensar en banalidades individuales.
No puede olvidarse que ese maltrato hacia los demás es lo que hace que cada día haya más violencia en las calles, que irrespetemos a las autoridades y sobre todo, que cometer un acto de corrupción se excuse en que los hacen los demás.
