viernes, 10 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2017-09-16 01:54

Los jóvenes y el post-acuerdo

Escrito por: José Eliseo Baicué Peña
 | septiembre 16 de 2017

Todos los días se habla del posconflicto y de acuerdos de paz.  Pese a que hay mucha incertidumbre frente a estos temas.  Ya se firmaron los acuerdos, ojalá se firme también con el ELN, ojalá se acaben las bacrim, ojalá se anule la inseguridad, ojalá mejoren las condiciones de vida, y ojalá el país genere más desarrollo y crecimiento social.

Y por supuesto, que está bien avizorar el proceso del postconflicto, una etapa nueva en la historia de Colombia.  Y en ella, habrá unos actores con el rótulo de protagonistas indiscutibles: los jóvenes. Pues ser joven tiene hoy valor agregado: el que le asignan los medios y la publicidad, por supuesto. Pero también el que adquieren recientemente cuando se hacen visibles en los nuevos paradigmas culturales.

Cuando se analiza con paciencia la literatura sobre el tema, anterior a los años sesenta, es fácil hacer un balance de estereotipos que se mueven en el espectro de la ‘rebeldía’ y la ‘esperanza’, ambos de corte romántico. Sin embargo, las ciencias sociales introducen caracterizaciones propias de cada disciplina que permiten ir más allá de miradas centradas en dinámicas físicas, biológicas y psicológicas que parecerían diferenciar con nitidez al niño del adolescente.

Aunque ya desde 1955 la antropóloga Margaret Mead marca una línea de lectura vanguardista, proponiendo planteamientos sobre ‘rupturas imperceptibles’ que atraviesan los jóvenes en el plano cultural, y las escuelas de Estudios Culturales en Chicago (USA) y Birmingham (Inglaterra) en los años setentas hacen apuestas que vinculan lo cultural y lo juvenil, en Colombia dicha dimensión apenas se empieza a hacer visible a mediados de los años ochenta.

En esta dinámica, Colombia ha venido manifestando una progresiva exclusión de la juventud de los procesos sociales y políticos, y una marcada dificultad para el diálogo y la comprensión intergeneracional. Frecuentemente se percibe al joven como sujeto de alta peligrosidad por su protagonismo en fenómenos de violencia y criminalidad. Esta situación es más relevante para aquellos que viven en situación de pobreza y que habitan en las zonas marginales de los centros urbanos y se correlaciona directamente con procesos sistemáticos de aniquilación de jóvenes bien sea por operaciones como las denominadas de "limpieza social", por asesinato selectivo o como víctimas de los homicidios de la delincuencia común. Es decir, se les ve y acusa como victimarios. ¿No creen que valdría la pena revisar a fondo la situación y mirar si en lugar de victimarios, más bien son víctimas del sistema que vivimos, de la exclusión a la que los hemos sometido y de los modelos con los que los hemos formado?

Se hace entonces indispensable que se potencie la visión de y sobre los jóvenes como "sujetos de derechos", en su doble significación de construcción de condiciones para el ejercicio pleno de la ciudadanía y del establecimiento de garantías sociales e institucionales para el respeto y cumplimiento de sus derechos fundamentales.

Aunque la Constitución de 1991 reconoce la posibilidad de “participación activa de los jóvenes” en la vida pública, en la práctica disponen de escasos espacios y oportunidades para participar en la vida política y social de sus comunidades. Prácticamente no disponen de posibilidades de real injerencia y comunicación con las autoridades, siendo frecuentemente espectadores pasivos de decisiones que los afectan directamente en su presente y su futuro, debiendo optar por soluciones individuales no legitimadas socialmente. 

La falta de reconocimiento en el espacio público es tan intensa en los jóvenes populares, que padecen el silenciamiento y el desconocimiento sistemático de sus contribuciones culturales, afectando ámbitos como la relación entre géneros, el respeto al medio ambiente o la tolerancia hacia la diversidad, donde las nuevas generaciones muestran nítidos signos de transformación respecto de prejuicios y limitaciones de la sociedad adulta establecida.

Es urgente, entonces, que el Estado y los gobiernos, determinen estrategias y mecanismos que les permita a los jóvenes prepararse para vivir o sobrevivir el proceso del postconflicto, pues de no ser así, es posible generar ambientes de caos social.  


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