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Opinión/ Creado el: 2020-09-07 04:14

Los dragones del futuro, por William Ospina

Los efectos de la pandemia analizados por un escritor, desde el confinamiento hasta las dimensiones de sombra universal.

Escrito por: Redacción Diario del Huila | septiembre 07 de 2020

Fue Chesterton quien dijo que la diferencia entre el mundo antiguo y el moderno es la diferencia entre un mundo que lucha con dragones y un mundo que lucha con microbios. Esta pandemia nos ha revelado una vez más no solo el poder de lo ínfimo, sino el poder de la naturaleza, a la que tiende a menospreciar cada vez más la vanidad de nuestra especie, su pretensión de tenerlo todo bajo control.

Una sentencia bíblica nos dijo que no hay nada nuevo bajo el sol, pero si algo es evidente para nosotros es que cada vez hay más cosas nuevas bajo el sol, cosas que no habíamos visto nunca. No solo ciudades de diez y de veinte y de treinta millones de habitantes, el retorno catastrófico del carbono a la atmósfera, la extinción masiva de especies vivientes debida a la acción de una sola especie, la nuestra, sino un continente de plástico que ahora flota en el Pacífico y una alteración del clima que presagia la degradación acaso irreversible de nuestro nicho ecológico, de esta morada que durante millones de años fue propicia para la vida en la Tierra.

 

Pascal dijo alguna vez que lo aterraba el silencio eterno de los espacios infinitos; Leon Bloy afirmó que si vemos la Vía Láctea es porque ella realmente existe… en el alma, y Robert Browning, haciendo eco de la afirmación de que el orden inferior es reflejo del orden superior, dijo que vemos escrito en la leyenda de los siglos en grandes caracteres lo que en letra menuda cuenta el relato de nuestra propia vida, porque ambos textos coinciden. Lo cierto es que los humanos habitamos una frontera asombrosa entre lo infinito y lo infinitesimal, entre lo abismalmente grande y lo abismalmente pequeño, y ya Dante y Husserl han insinuado que a lo mejor un abismo es el reflejo del otro.

Hace un poco más de dos siglos, para burlarse de Leibnitz, Voltaire inventó la palabra optimismo. Esa palabra se apoderó del mundo, e hizo evidente que era la época, y no apenas Leibnitz, quien acunaba esa ilusión de que todo sería óptimo, de que todo saldría siempre bien. El optimismo se convirtió en la divisa de la edad del progreso que nos diseñó la industria y que nos vendió en grandes dosis la publicidad.

Por ese camino, en medio del cual nos encontramos, lo único que podíamos alcanzar era nuestra completa irrelevancia. Una época que haga innecesarios el esfuerzo, la memoria, el pensamiento, que quiera excluir toda adversidad y toda dificultad, que borre las distancias, que quiera emanciparnos del poder de la noche, de las incomodidades de la búsqueda, de la aplicación, de la lentitud, del silencio y de la ausencia, una época que busque desesperadamente lo instantáneo, lo inmediato, lo continuo, lo confortable, y que guarde a la enfermedad, la vejez y la muerte, los maestros de Buda, en los sótanos de la conciencia o del olvido, no es una época que nos haga fuertes, sino que por el contrario nos reduce a la total fragilidad. Ese ideal de inacción no es posible lograrlo, la naturaleza no lo permite, pero sí nos educa en la cobardía, en la falta de proyectos que supongan esfuerzo y verdadera superación.

 

Pero es que además la irrupción de este virus ha ocurrido en la edad de lo viral; lo que verdaderamente le ha dado sus dimensiones de plaga cósmica y de sombra universal no es tanto su peligro físico, que existe pero que es apenas un poco más grave que una gripe normal, sino el hecho de que la globalización ha concertado los relojes planetarios. No es una pandemia mayor, pero la hemos vivido de manera simultánea en todo el planeta: nos la han transmitido en vivo, cada una de sus víctimas ha sido contada y divulgada; en realidad es un diagrama de nuestro espíritu en este momento de la historia; continuamente se ve anunciada, transmitida, compartida, viralizada, y eso la multiplica hasta el vértigo y la convierte no solo en una enfermedad de la carne, sino sobre todo en una enfermedad del espíritu, una extraña enfermedad hecha de dolor y de miedo, de muertes y de duelos, pero también de redes sociales, de información, de noticias falsas, de rumores, de alarmas, de espectáculo, de adrenalina y de estadística. Una instantánea de la humanidad en un momento especialmente frágil y alarmado de su historia.

El confinamiento, por prudencia o por cobardía, también nos hace sujetos del experimento platónico, también parece exigirnos que vayamos a ver qué hay afuera de la caverna, si a esas sombras corresponden de verdad unos cuerpos. Y una sentencia de Shakespeare nos llega desde los labios de un muchacho ofendido: “Yo podría estar encerrado en la cáscara de una nuez y sentirme sin embargo rey del espacio infinito”.

 

Por lo pronto, como aquí se demuestra, la virtualidad ha tomado el timón. Ojalá sea por poco tiempo. Ojalá crezca en nosotros la necesidad de volver al mundo y reencontrarnos de veras, pues bien dijo San Juan de la Cruz: Mira que la dolencia / De amor que no se cura / Sino con la presencia y la figura.

 

Porque antes de este incidente histórico ya tendíamos a solo manifestarnos mediante apariciones parciales, ya avanzábamos con ritmo sostenido hacia la desintegración del cuerpo humano, hacia una fragmentación de nuestra existencia y una suerte de deconstrucción de nuestro ser orgánico, de la plenitud corporal y de la conciencia de los otros. Y esa fragmentación del ser individual es también un paso en el proceso de desintegración de toda comunidad: desactivar a la humanidad como ser colectivo capaz de alianzas, de rebeliones y de cambios.

 

La calle espera, el mundo espera. Una nueva ciudad es posible y tiene que ser más que un orden de construcciones y de vías, de servicios y comercios. Es lo que podemos construir con el gran legado de la civilización humana, lo mejor de nuestros pensamientos, lo más alto de nuestros principios y lo más bello de nuestras creaciones.

La mera tentación de volver a la normalidad no debería inhibirnos para la tarea urgente de cambiar la historia, de reinventar el único mundo posible que es el del presente. Porque hay microbios en el presente pero podría haber dragones en el futuro. Y es necesario volver a hablar de la condena del paraíso perdido. No el que nos dijeron que perdimos hace mucho tiempo, tal vez desde el comienzo, sino el verdadero: el que estamos a punto de perder.