Los buenos propósitos
Ya arrancó en firme el país trabajador con este nuevo año de 2018. No habrá más puentes festivos hasta mediados de marzo, una semana después de las elecciones legislativas, que serán como para alquilar un palco, a ver si triunfa la politiquería tradicional, o si al fin nos pellizcamos y les damos una lección inolvidable a los candidatos de la corruptela.
Ya se está acabando el complicado mes de enero con todos los sobresaltos, reajustes y gastos extras de colegios y universidades que se nos vinieron encima.
Pero como los colombianos somos así, ya estamos pensando qué vamos a hacer en Semana Santa y estamos mirando el almanaque para ver cuándo es el primer puente del mes de mayo.
A estas alturas de enero ya se nos olvidaron los buenos propósitos que nos planteamos el primer día del año tales como ponerse a dieta, dejar de fumar, aprender idiomas, empezar a hacer ejercicio o no contradecir a la suegra, entre otros, como una buena señal de autoestima, ya que nuestra intención era la de mejorar, para sentirnos bien con nosotros mismos.
Lo triste es que, a más tardar a finales de enero, la gran mayoría de nosotros abandonamos esos buenos propósitos -que solo se quedaron en buenas intenciones- para tratar de reintentar de nuevo el próximo año y, muy probablemente, serán los mismos para el siguiente.
Y a nivel nacional también debería haber buenos propósitos “Como consolidar la paz, condenar a los corruptos, elegir a un buen presidente –que no haga trizas la paz–, no votar por congresistas con rabo de paja y línea directa con La Picota”, decía Noe Ochoa en una de sus recientes columnas.
Tal vez sería más sano hacernos el único propósito de evitar la mala costumbre que tenemos los seres humanos de valorar algo solamente cuando lo perdemos.
Tal como sucede con el dinero cuando nos hace falta, con el tiempo cuando ya es muy tarde o cuando nos estamos muriendo; con la familia cuando la perdimos; valoramos el frío cuando hace calor y deseamos que haga calor cuando hace frío. Nos quejamos porque tenemos que ir a trabajar y si no tenemos trabajo, también, porque nos falta. Y entonces es cuando valoramos tener trabajo, así sea lo que sea.
Solamente cuando recibimos un duro golpe en la vida o sufrimos una terrible decepción dejamos de procrastinar nuestras obligaciones y nuestros objetivos.
Vivimos de los recuerdos o anhelando un futuro que difícilmente sabemos si vamos a alcanzar, mientras sufrimos el presente al que nos sentimos irremediablemente atados, como prisioneros. Nos quejamos de nuestros hijos cuando están pequeños y luego, cuando crecen, desearíamos que volvieran a ser niños.
Discutimos y peleamos con nuestros padres o nuestros seres queridos y, luego, cuando ya se han muerto, desearíamos retroceder el tiempo para poder darles tan solo un abrazo más.
Nos quejamos de todo lo que nos falta y nos olvidamos de disfrutar lo que tenemos. El pasado ya se fue y el futuro no lo conocemos ni con una bola de cristal. Es más inteligente vivir el presente intensamente, ahora, sembrando con bondad y sabiduría nuestra existencia, confiados en que vamos a cosechar más tarde, lo que la vida generosamente nos pueda dar.
No esperemos para decir te amo, o para pedir perdón. Hay que luchar hoy por lo que deseamos sin guardarnos las sonrisas, los abrazos y los besos, porque creemos que nunca se nos puede acabar el tiempo, hasta que se nos acaba. No creemos que podemos perder algo, hasta que lo perdemos ni creemos que nos vamos a morir, hasta que nos estamos muriendo.
Creo que ese sería el mejor propósito para este año, que va a ser muy convulsionado. Vivir en paz y ayudar para que todos los colombianos podamos vivir en paz y civilizadamente. Ojalá así sea.
