Lo bueno de la crisis
Las crisis tienen su lado bueno o positivo, aunque cueste creerlo o entenderlo. Tanto en el plano personal, familiar, laboral o social, una crisis siempre trae consigo la posibilidad de reflexionar sobre sus causas y consecuencias y la oportunidad de tomar decisiones y actuar para remediar, corregir, cambiar o mejorar. La historia de Colombia ha estado atravesada por diferentes crisis en el ámbito social, político y económico, aunque generalmente no las hemos aprovechado para comprenderlas, aprender de ellas y tomemos las decisiones acertadas que permitan superarlas plenamente. Y nunca más repetirlas.
Por ejemplo el escalamiento y degradación de la guerra o el conflicto armado interno, en un momento con ventaja para la guerrilla y después para las FF AA, llevó a una crisis humanitaria que puso a reflexionar al país y forzó la terminación de más de 50 años de sangrienta confrontación por la vía de una negociación política entre las Farc y el Estado, en el que se pactaron las condiciones para la reincorporación de la guerrilla a la vida civil y su sometimiento a la institucionalidad y sus reglas. Los efectos positivos saltan a la vista aunque medio país (cada vez menos) no lo vean ni entiendan.
No obstante, además de salvar cientos de vidas, evitar el desarraigo de miles de personas, mermar el miedo y sufrimiento de la población en medio, y ahorrar miles de millones de pesos en gasto militar y reconstrucción de infraestructura, el fin de la guerra trajo también de bueno la visualización de la profunda crisis ética y moral que flagela al país, encarnada en la voraz corrupción política administrativa que se traga sin masticar recursos, contratos, subsidios, burocracia, etc., condenando al atraso a la nación y a la pobreza y la marginalidad a millones de compatriotas.
La corrupción en sí no es lo bueno ni tampoco es actual, es otra de las muchas crisis que hemos vivido de tiempo atrás, solo que durante décadas se mantuvo silenciada y oculta por el ruido y el humo del conflicto armado, de lo cual se aprovechó para crecer, engordar, volverse tan fuerte, que logro corromper todas las ramas del poder público y sus instituciones, hasta la más incorruptible de todas que es la justicia, que terminó vendiéndole impunidad. De ahí que haya voces queriendo volvernos a la guerra, pues corrido el velo de la confrontación armada, el foco se dirigió hacia los corruptos.
La situación es tan grave y de tal magnitud, que parece no tener techo ni fondo, principio ni fin. Los escándalos de corrupción política y administrativa se suceden uno tras otro y cuando creemos que ya se conoce lo peor, estalla un nuevo episodio cuya gravedad y protagonistas nos dejan boquiabiertos. Pero corrido el velo de la guerra que nos mantenía distraídos, nos hemos dado cuenta hasta donde la corrupción ha permeado a la sociedad colombiana.
Esta crisis, ahora visible, debe servirnos a los colombianos para llegar hasta el fondo pero no para quedarnos ahí lamentándonos, señalando responsables, maldiciéndolos y aborreciéndolos, sino para entender cómo pudimos llegar a tales niveles e intentar refundar moral y éticamente la patria que le dejaremos a nuestros hijos.
Por aquí todos tenemos nuestra cuota de responsabilidad en esta crisis moral y ética a la que hemos llegado, porque la corrupción empieza cuando nos saltamos la fila, copiamos en el examen, le hacemos el cajón al compañero, le somos infiel a la pareja, le decimos a nuestros hijos que haga trampa para ganar, pedimos u ofrecemos dinero por un favor o para ignorar una regla, vedemos el voto o lo comprometemos por un beneficio personal y justificamos al corrupto con la manida frase "robó pero hizo algo". Todo eso tenemos que cambiarlo o corregirlo o evitar que nuestros hijos o las futuras generaciones lo reproduzcan.
Porque así como la guerra dejó millones de víctimas, la corrupción que se roba los recursos públicos también provoca que la gente se esté muriendo por falta de medicamentos y adecuada atención médica, que a la cárcel vayan inocentes mientras los delincuentes andan libres, que las escuelas se estén cayendo, que los estudiantes no cuenten con educación de calidad, que los escolares se queden sin alimentación escolar, que los trabajadores no ganen suficiente y paguen cada vez más impuestos mientras los poderosos se benefician de exenciones tributarias y se enriquecen más, que muchos no tengan trabajo y vivienda dignos, que los motoristas se accidenten o los campesinos no puedan sacar sus cosechas por la precariedad vial y que los niños, por ejemplo en La Guajira y Chocó, se mueran de física hambre, etc.
Ojalá que la indignación que hoy sentimos no se enfríe antes de que cambien las cosas ni sea manipulada en favor de nuestros verdugos y en contra de nosotros mismos que somos las víctimas. Las crisis nos vuelven más inteligentes y creativos.. Al tener que enfrentarlas inventamos cosas que antes no habíamos inventado. Tomemos las decisiones correctas y presionemos los cambios necesarios, tanto en las leyes como en las elecciones.
