Laicismo o estado aconfesional
No son semanas fijas y dependen del tiempo en que se decreta el miércoles de ceniza como advenimiento de la cuaresma. Una semana santa más ha llegado y como pasa con el sol, alumbra a justos y pecadores, tanto a creyentes como a ateos. El puente más largo del año, que es utilizado para la reflexión espiritual, también sirve como un pequeño oasis de escape frente a las responsabilidades laborales para algunos, o como otros denominan jocosamente para “parranda santa”.
Incluso, las campañas políticas descansan y por unos pocos días dejan el proselitismo a un lado.
Lo cierto es que aún para muchas personas, estos días son considerados santos en tanto que se revive y se renueva la historia de salvación que tiene como protagonista a Jesús de Nazareth.
En su figura, sus enseñanzas y su ejemplo centradas en su pasión muerte y resurrección, el mundo católico y cristiano en general estará enfocado.
Algunos, no contentos con tener dos días festivos siempre buscan entrar en choque con la tradición y el sentir generalizado de la sociedad aduciendo el carácter laico del estado colombiano.
Lo cierto es que en ninguna parte de nuestra constitución, expresamente se establece el carácter laico de la nación colombiana, ya que aún cuando no exista religión oficial, sí hay respeto por todas las religiones y ninguna preferencia por alguna en específico, con el componente adicional del indudable componente cristiano de nuestro país.
Mientras el laicismo de manera tajante separa toda relación entre la iglesia y el estado, desechando en su totalidad cualquier rastro de religiosidad de sus instituciones, el no tener una religión oficial, no restringe la cooperación o el que alguno de los miembros del gobierno despliegue abiertamente su sentir religioso.
Los Estados como seres vivientes compuestos de singularidades que en conjunto conforman un pueblo, no pueden ser ajenos a sus raíces y a los pilares sobre los cuales fueron fundados, que además debe interpretar el sentir de su gente, lo cual no significa que las minorías deban ser irrespetadas o tratadas con inferioridad.
Para aterrizar la idea, que haya un crucifijo colgado en la Sala plena de la Corte Suprema de Justicia, no atenta contra los derechos de las minorías religiosas o filosóficas del país, aún cuando para algunos podría significar que las decisiones dentro de la Sala están regidas por los lineamientos del pensamiento judeo-cristiano. Lo que el símbolo de la cruz viene a significar bajo una óptica moralista, es el sufrimiento y la muerte de un hombre inocente a causa de una ejecución sumaria, en dónde las garantías propias de un juicio justo no existieron, y esa tortura expuesta en la cruz, es prenda de garantía de que aquello no volverá a suceder dentro del marco de un estado de derecho.
La cuestión aquí es que la historia contada, a algunos les causa inquina ya que no son capaces de aceptar que vivir en este mundo es vivir en sociedades que aun se aferran a sus orígenes y aquello que les dio su identidad, su idiosincrasia y la cristiandad es un elemento indiscutible dentro de nuestra noción de país.
