La religión es asunto privado
Las modernas democracias han logrado separar la Iglesia del Estado. Creo que ha sido un logro bastante sano. Con ello evitamos todo fanatismo religioso de cualquier pelambre. Sin embargo, en nuestro caso, no se ha logrado separar la religión de la política. Algunos grupos religiosos tienen su “brazo político” y han formado partidos para lograr su propia existencia e incidir desde lo político en el gobierno civil. Este fenómeno social es como una especie de añoranza por establecer una nueva teocracia, etapa ya superada y que trajo una serie de inconvenientes y desaciertos en la organización de la polis. Por favor, aprendamos del pasado: las teocracias no son buenas.
Un Estado debe estar más allá de los credos religiosos, esto fomenta la paz ciudadana. En un país democrático y por ende libre, caben todas las religiones que propendan por el bien del hombre. Una religión que despierte fanatismo y crea ser el único camino de la verdad, es nociva para la convivencia de los pueblos y un Estado libre no puede permitir tales desviaciones que afectan el bien común. Las democracias liberales nacen en la cultura cristiana: los ingleses y franceses han sido de cultura cristiana y es en estos ambientes en donde han nacido los grandes pensadores que han oxigenado las modernas democracias. Obviamente en un primer intento por superar el llamado Cesaropapismo, hubo y aún hay exageraciones. Ni tan cerca que queme al santo, ni tan lejos que no lo alumbre. Hay que diferenciar un Estado laico de un Estado laicista.
El primero respeta las creencias de los ciudadanos y, el segundo, masacra toda clase de creencias, suprime de la vida pública toda expresión religiosa, -por buscar algo bueno, caemos en exageraciones que igualmente pisotean la libertad de los individuos-. El esquema debe ser: Iglesia libre en Estado libre. La Iglesia Católica ha superado, por fortuna, la identidad del Estado y la fe de los ciudadanos. Es claro el mandato del Señor Jesucristo: “Dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”. Creo que aquí se resume la libertad del Estado y la Iglesia. Hoy en aras de la libertad religiosa se ha querido sacar de la vida pública toda expresión pública de la fe; esto es un irrespeto a la libertad religiosa. En nuestro caso, nosotros los cristianos tenemos derecho a expresar públicamente nuestra fe sin imponérsela a nadie.
Quitar los símbolos religiosos de los estamentos públicos es masacrar la libertad religiosa. Los países de cultura musulmana tienen claro que la religión no se puede separar del Estado. Todos los gobiernos de cultura musulmana son teocracias; no sólo El Corán rige los destinos de los gobiernos, sino que la Sharía (ley islámica), incide en los códigos civiles. Allí sí no hay organismos de Derechos Humanos que digan lo contrario. Herir el sentimiento religioso en un país musulmán es causa de muerte. El que se atreve a burlarse, -como ocurre aquí- de los símbolos religiosos ya tiene la lápida en la espalda-. En muchos ambientes el Estado colombiano parece más laicista que laico. Por favor, distingamos y evitemos los fundamentalismos.
