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Opinión/ Creado el: 2020-02-01 04:12

La presentación de Jesús en el templo

Escrito por: Redacción Diario del Huila | febrero 01 de 2020

Por: P. Toño Parra Segura  

Los padres de Jesús cumplen todo lo que ordenaba la ley de Moisés con motivo del nacimiento de un niño. Según el Levítico 12, 28, cuarenta días después del nacimiento, la madre ofrecía un ritual de purificación en el templo. Según éx. 13, 2. 12 – 13, todo primogénito pertenecía a Dios y tenía que ser rescatado por una ofrenda del padre.

En el marco institucional del judaísmo (purificación y presentación en el templo) el pueblo judío representado por Simeón y Ana, encuentra el que será la gloria de Israel y la luz de los paganos. Pero la sombra de la cruz y el rechazo de su pueblo se insinúan en las palabras de Simeón, porque todo eso se cumplirá a través del camino difícil de la vida de Jesús.

Simeón esperaba el consuelo de Israel y tanto él como Ana, representantes de los judíos, esperaban la restauración del Reino de Dios sobre Israel. El nacimiento de Jesús colma totalmente esas esperanzas y con gran afecto y decisión, tomando al niño en sus brazos exclama: “Ahora Señor, según tu promesa puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador” el de todos los pueblos como lo había anunciado ya el profeta Isaías (Is. 42, 6. 49, 6).

Las palabras de Simeón a María son un tanto enigmáticas, porque Jesús aparecía ante los hombres como un signo que no se imponía, sino que se acogía libremente por la fe. De hecho una parte importante de Israel lo rechazó (Hch. 28, 26 – 28) –De ahí la amenaza que gravita sobre María, cuyo corazón queda desgarrado por el drama que va a culminar en la cruz.

Después de Simeón interviene Ana, profetiza viuda que pasaba su vida orando en el templo. Una “Santa” del Antiguo Testamento que encarna la figura de los pobres de Yahvé, los cuales esperaban en la oración y en la pobreza, la llegada de la salvación definitiva.

Admirable esta gran humildad tanto de Jesús como de sus padres que sabían el destino de su Hijo; el someterse a todas las prescripciones de la ley de los hombres, siendo Él mismo la Suprema Ley del Amor que traía la salvación para todos los hombres. A nosotros pecadores, nos presentaron nuestros padres en el templo para recibir el Bautismo que borrara ese pecado, pero la verdad es que seguimos pecando, a pesar de nuestro origen divino.

Recordemos, entonces, que somos hijos de Dios y que nosotros sí necesitamos todos los días de un nuevo bautismo de conversión y de gracia para que seamos realmente los hijos predilectos de Dios.