La obligación a disentir
La obligación a disentir es un principio básico en el proceso de discusión y toma de decisiones que muchas veces es pasado por alto en muchas organizaciones. He tenido la fortuna de haber trabajado en el sector privado y público con líderes y equipos muy buenos; inteligentes, líderes y con las mejores intenciones pero que al momento de la toma de decisiones estratégicas cometen errores “básicos” en el procedimiento para llegar a la mejor alternativa posible.
He leído varios documentos sobre el tema y la importancia de contar con la gente indicada en la reunión, tener la información y análisis necesario de las opciones acorde a la relevancia de la decisión, y no menos importante, tener un ambiente de discusión no jerárquico para la discusión y toma de decisiones.
Frente a este último punto, tanto en Colombia como en México se comete en muchas organizaciones el pecado del autoritarismo y falta de debate crítico en la toma de decisiones. Algunos lo llaman equivocadamente “respeto” por el jefe y las jerarquías. En varias oportunidades me ha tocado compartir juntas donde la única opinión que cuenta realmente es la del jefe y aún más si la dice en voz alta. La voz del jefe es Ley y nadie lo contradice, se forma un comité interno de apoyo que ni entiende la complejidad del problema ni sustenta su posición con argumentos sólidos sustentados en cifras o análisis.
En algunas geografías este pecado está asociado directamente a orígenes culturales. Recuerdo que uno de los retos para varios amigos asiáticos en la maestría fue confrontar no sólo a sus compañeros en el salón de clase sino a sus profesores, algo impensable en su país. Desde el colegio tuvieron clases estilo “magistral” donde el profesor hablaba y los estudiantes se limitaban a tomar notas. Pensar diferente al profesor era aceptado, pero sólo mentalmente. Confrontarlo y debatir con la autoridad y personas mayores es similar a un insulto. En Latinoamérica el reto es similar, decirle al jefe con firmeza y convicción que está equivocado es considerado por muchos como irrespetuoso.
El extremo opuesto a este autoritarismo en la toma de decisiones sucede con el “exceso de democracia” donde se cae en la trampa en donde cualquiera puede empezar contradecir a sus colegas sin tener mayor sustento o análisis. Estas discusiones son fácilmente identificables pues son interminables, generalmente no llegan a decisiones o en el peor de los casos, se impone la posición de la persona más insistente en la reunión.
He vivido estas dificultades muchas veces como empleado pero otras tantas como jefe. Tengo la fortuna en la actualidad de trabajar en una compañía donde disentir, si no estoy de acuerdo con algo, es una obligación teniendo argumentos concretos y sólidos para sustentarlo. Es imposible tomar siempre las decisiones correctas, pero seguir una metodología básica, con la obligación de disentir, limitan las decisiones equivocadas.
