La murmuración y el chisme
La murmuración y el chisme son dos de las cosas que más deterioran la armonía y las relaciones interpersonales, comunitarias y sociales. Y con la masificación del acceso a internet y del uso de las redes sociales digitales, estas mal sanas costumbres se han generalizado, convirtiéndose en incubadora de violencia en la que cada vez son más las personas, especialmente jóvenes, que se dejan arrastrar por la esquizofrenia que producen y las utilizan para amenazar, intimidar, atacar, agredir, matonear.
Efectivamente, las nuevas tecnologías de la información, llamadas TIC, que emergieron con la noble posibilidad de acercarnos y mantenernos comunicados, y luego se convirtieron en un masivo y efectivo escenario de participación política, hoy soy el nuevo muro de la infamia en el que se ejerce a diestra y siniestra la versión digital de la antropofagia humana, el sicariato moral, el matoneo personal, social e ideológico y todas las fobias.
Tanto en el mundo físico como en las plataformas virtuales como Facebook, Twitter, Youtube ha llegado a desviaciones tan perversas que cada vez es más generalizado el escarnio público, castigo o venganza, exponiendo la vida privada e íntima de las personas víctimas de estas prácticas. Incluso hoy por hoy son la práctica preferida de quienes se creen superiores al resto o tienen poca capacidad para aceptar el fracaso propio o no toleran el éxito ajeno, la diversidad o diferencia, y terminan calumniar, injuriar, ofender, insultar.
El problema se agrava gracias al carácter anónimo (cuentas o perfiles falsos), impersonal, distante y disperso que estas plataformas permiten a sus usuarios y de las que se aprovechan el intolerante, agresor o violento por naturaleza o quienes aprenden este tipo de formas en la red, todo un creciente ejército de 'homo sapiens' cibernéticos a quienes se le llama "trolls".
Tanto en la realidad como en la virtualidad, se trata de caníbales de la sociedad profesionales en devorar gente, aves de rapiña a la espera de la menor oportunidad para caerle encima a ingenuos e incautos, o simplemente personas frustradas, despechadas y heridas en su amor propio, que por razones religiosas, ideológicas, políticas, afectivas destilan veneno contra grupos de población o individuos a quienes consideran indignos, enemigos o causantes de sus males, dolor o infortunios.
En esta espiral de violencia, en la que unos ofenden, insultan, amenazan, agraden, matonean, y los otros respondemos como la misma fiereza, primero asesinamos el honor y la honra del interlocutor y después preguntamos quién es. Las redes sociales en el ciberespacio o el famoso "correo de las brujas" en el mundo real, se ha convertido en un espacio sin Dios, Ley ni conciencia, a tal punto que cualquiera con facilidad se atreve con mentiras y montajes a quebrantar impunemente tal vez lo más sagrado que es la honra de una persona.
Con el internet y las redes sociales, esta problemática ha llagado a tales niveles que en el Código Penal Colombiano están tipificados los delitos de calumnia e injuria, sancionables con pena de prisión y pecuniaria para quien "haga a otra persona imputaciones deshonrosas", "impute falsamente a otro una conducta típica", o "publicare, reprodujere, repitiere injuria o calumnia imputada por otro, o quien haga la imputación de modo impersonal o con las expresiones se dice, se asegura u otra semejante".
Contra esta tragedia, sin renunciar a la discrepancia, la divergencia y el sano debate, es necesario poner en práctica la red como se ha denominado el ciberespacio, y tender lazos, construir puentes, promover el respeto a la diferencia, contagiar la solidaridad e irradiar el amor, para mejorar nuestro entorno comunicativo, recuperar la armonía social y restablecer la paz pública.
Y es que, como lo advertía el Padre Rafael García Herreros, "Una de las cosas que más quebranta la unidad, la fraternidad de una comunidad, es la murmuración y el chisme. Y empecemos por poner en práctica la propuesta de este sacerdote eudista fundador del Minuto de Dios: "Al frente de nuestras casas, en nuestra sala, en nuestro comedor, debiera escribirse esta palabra: “No aceptamos murmuraciones ni chismes”.
La murmuración tiene el sello de la falsedad que no se puede decir públicamente o de manera frentera, pero aun aquellas basadas en la verdad son injustas puesto que nadie sino Dios tiene la potestad para juzgar a alguien, y menos por la espalda.
"La murmuración es el impuesto que la envidia cobra al mérito. La murmuración es una inclinación secreta de las almas enfermas a pensar mal de todos los demás y manifestarlo con palabras", sentenciaba García Herreros.
Desterremos de tajo de nuestros discursos la murmuración y el chisme, o lo que es lo mismo: la injuria, la calumnia, la ofensa, la burla, la amenaza, la intimidación y la agresión. Reprochemos y rechacemos, con respeto y decencia a los trolls que se dedican o tienen por costumbre murmurar, injuriar, calumniar, matonear, ofender, insultar, agraviar, a quienes mancillan el buen nombre de los demás, e igual a quienes con los mismos métodos, el de "mentid, mentid que de la mentira algo queda", polarizan y violentan la sociedad.
No se trata de renunciar a la discrepancia y el debate, ni que exista personalidades intocables, sino que la crítica sea respetuosa y argumentada y que son las ideas, que no la dignidad u honra, del interlocutor las que se deben controvertir. Recordemos que según Santiago: “El hombre que no peca por la lengua es un varón perfecto” (Sant 3, 2)
