La lección peruana
Duro golpe para aquellos que se siguen burlando del estereotipo de cholo peruano que se veía en Laura en América. Hoy por hoy, ese hermoso país vecino, famoso por su gastronomía, su cultura y su literatura, nos ha dado una lección enorme a esta nación agobiada y doliente.
El pasado domingo los peruanos celebraron su versión de nuestra consulta anticorrupción, esta vez en forma de referendo, con cuatro simples preguntas y un resultado abrumador. El 75% del censo electoral salió decididamente a votar a las urnas, dando como resultado, un total de 16 millones de ciudadanos que de manera contundente sentaron el futuro legislativo de su país.
La cifra es de aplaudir teniendo en cuenta que Perú tiene aproximadamente 32 millones de habitantes, frente a los 48 millones que habitamos en Colombia.
Las preguntas en resumidas cuentas eran las siguientes: acabar con la reelección inmediata de los congresistas, modificar radicalmente la forma en que se administra justicia, modificar la forma en que se financian las campañas políticas y regresar al bicameralismo.
Las tres primeras resultaron aprobadas por mayoría absoluta, en cambio la última, fue desechada sin contemplación alguna.
No sé quien se le habrá ocurrido la brillante idea de volver a los tiempos en que, como en nuestro país, el congreso estaba compuesto por Cámara y Senado. El caso es que el pueblo peruano, dijo muchas gracias, pero así, sin tanto congresista, estamos bien.
Perú ha pasado pruebas difíciles en materia de corrupción en los últimos años, lo que ha generado una crisis institucional, que al menos hoy, da frutos positivos.
Desde la salida del Presidente Kuczinsky, por ODEBRECHT, y el enjuiciamiento de los expresidentes Alan García y Alejandro Toledo, el indulto a Fujimori y la detención de su hija Keiko, el país parece tomar un rumbo esperanzador y ejemplarizante.
Gallardos resultaron los congresistas peruanos en ser ellos, los que pusieran a consideración del pueblo esas 4 preguntas, y no como sucediera acá donde la consulta fue el resultado de los esfuerzos titánicos de unos pocos.
Lo cierto es que el cambio se avecina, mientras acá, la constitución de 1991, esta mostrando las flaquezas hasta ahora conocidas, pero nunca tomadas en serio. Resulta preocupante ver como las ramas del poder público se acolitan entre sí, y que no haya mecanismos de reproche que en verdad ponga a tambalear a los poderosos. A diferencia del Perú, aquí nadie renuncia, aquí nadie siente vergüenza, todo se diluye, todo se dilata, en medio de la impotencia de la ciudadanía.
El escenario es propicio para una Constituyente.
