La Jaime Garzón
Por: Jesús Andrés Vargas Gutiérrez
“Si ustedes los jóvenes no asumen la dirección de su propio país, nadie va a venir a salvárselos, ¡NADIE!”, estas fueron las palabras pronunciadas por el comediante, periodista, político, pero sobre todo pensador Jaime Garzón en una de sus muchas charlas sostenida con jóvenes universitarios del país.
Fue su cosmovisión tan peculiar, el modo de percibir la realidad, su sátira política tan sutilmente poderosa, la que quedó plasmada en el imaginario de todo un país.
Garzón no era un mojigato, y no dudo que en alguna de sus tertulias algún participante decidiera prender un porro. El, dentro de su tolerancia habría hecho caso omiso a esta situación, como quien destapa una gaseosa.
Pero cuando Garzón le hablaba a los jóvenes, lo hacía con total seriedad, porque hasta para ser cómico se necesita tener claro que entre risas también se dicen muchas verdades.
Es por ello que una plaza que lleve su nombre, debe ante todo ser un espacio donde se honre la memoria y el esfuerzo de un personaje que buscó gestar y fortalecer el pensamiento crítico de los jóvenes de Colombia, que eventualmente terminarían siendo los conductores del país.
Difícilmente podría decirse que esta condición se cumpla con la plaza Jaime Garzón, un espacio dónde ese vive un ambiente de festejo a la diversidad pero opacado por el abuso de sustancias alucinógenas que deben estar alejadas de las aulas de clase.
El humo es insoportable dicen algunos estudiantes que reciben sus clases en el bloque de educación. La marihuana me marea y no me deja poner atención, dicen otros. La música, los gritos desconcentran a cualquiera dice un profesor que debe dar su cátedra en las noches.
Todas estas situaciones fueron sintetizadas en una acción de tutela que interpusiera un estudiante que, cansado del Statu Quo, levantó su voz de protesta y solicitó ante un juez de la república, que se le respetaran los derechos que no solo son suyos si no los de muchos al de un ambiente sano, donde se puedan impartir clases y esparcir conocimiento.
Las medidas ya venían siendo implementadas por el actual rector, pero, con la orden contenida en la providencia de tutela, se dan los primeros pasos para que de manera definitiva se le ponga un control definitivo al uso desmedido de este tipo de “drogas blandas”.
El culto a esta subcultura llegó a ser tal, que incluso en la plaza se hacían concursos en dónde se premiaba a quien armara el porro mas rápido, al que se lo fumara más rápido, o el que estéticamente luciera mejor.
Cuando todo esto cese, la plaza no debe quedar vacía, ni más faltaba, debe ser devuelta a la vida, y verdaderamente utilizada para fomentar espacios de pensamiento crítico, reflexivo y cultural. Un verdadero homenaje a Garzón.
