LA HORA DEL PRESIDENTE
POR ERNESTO CARDOSO CAMACHO
Es indiscutible que se acrecienta cada día mas la incertidumbre y confusión que ensombrece a la institucionalidad de nuestra frágil democracia. La relación de las tres ramas del poder público que tienen la misión constitucional de respetarse recíprocamente su autonomía, pero al tiempo colaborarse mutuamente para la eficaz realización de los fines esenciales del Estado; esta llegando a unas instancias insostenibles para la buena gestión del presidente, especialmente en relación con su exclusiva responsabilidad de garantizar el orden público y la convivencia ciudadana.
La reciente decisión de la Sala Civil de la Corte Suprema de Justicia que revocó la del Tribunal Superior que había declarado improcedente la tutela instaurada para reclamar la protección al derecho fundamental de la protesta social, en el conocido contexto de las movilizaciones populares que han convocado las organizaciones y movimientos sociales opositores del gobierno Duque; constituye una evidencia contundente de la ruptura institucional mencionada entre las ramas judicial y ejecutiva.
En relación con la situación de la rama legislativa es también evidente que las fisuras institucionales con el ejecutivo poco a poco se van incrementando, obedeciendo a la dinámica política que caracteriza a los partidos y a los intereses personales de sus directores y voceros, a medida que se acercan los próximos debates electorales. Las posiciones adoptadas por Gaviria, Vargas Lleras, Santos, los Verdes y las Farc a través de sus respectivas bancadas, con el consabido pretexto de defender los Acuerdos de Paz y su implementación, son buena muestra de que juegan al desgaste del presidente y de su partido el CD, aprovechándose además de la coyuntura de la privación de la libertad de Uribe y de su campaña de desprestigio acumulada hace ya varios años a través de los medios masivos de comunicación.
En conclusión, la rama ejecutiva que acumula en el presidente la condición constitucional de Jefe del Estado, Jefe del Gobierno y de Suprema autoridad administrativa; único responsable de la seguridad y convivencia al ser el comandante supremo de las fuerzas militares y de policía; viene siendo objeto de una bien orquestada estrategia de deslegitimación anunciada por Petro desde la noche misma en que perdió las elecciones. Los asesinatos individuales y colectivos, la ola de movilizaciones y protestas que degeneran en vandalismo, la creciente expansión territorial de bandas criminales y de los llamados disidentes de las Farc y del Eln, apoyada desde el régimen de Maduro, obedecen a un solo propósito. Desestabilizar al gobierno, generar incertidumbre y caos institucional, polarizar de nuevo a la opinión ciudadana entre amigos y enemigos de la paz, mientras avanza sigilosa pero eficazmente la gran coalición política que busca conquistar la presidencia en 2022.
En este escenario se hecha de menos la fuerza política del presidente Duque; su liderazgo que confronte con respeto, pero también con energía a sus contradictores políticos; que convoque a la gran unidad nacional de quienes defienden los valores institucionales de la democracia amenazada.
En una palabra, le llegó la hora de demostrar que tiene claridad acerca de los retos que enfrenta en donde la tolerancia no puede confundirse con la debilidad, dado que gobernar implica tomar decisiones para garantizar los derechos de las mayorías silenciosas que no utilizan la intimidación y la violencia como armas políticas para acceder al poder.
Su indudable capacidad gerencial que le ha permitido sortear los devastadores efectos de la pandemia y de las consecuencias futuras que ésta habrá de producir, no pueden ser un pretexto para no asumir, con valor y coraje institucional, la defensa de las grandes mayorías nacionales que rechazamos con energía los embates de quienes buscan desestabilizar su gobierno y acceder al poder en el 2022. Es la hora del presidente.
