La Guaracha
¡Que nadie se atreva a meterse con el gusto musical del prójimo!, más cuando la música y los géneros que ella abarca, hacen parte de la idiosincrasia de los pueblos.
Y aun cuando haya razones para criticar cierta corriente musical, siempre existirán aquellos que la defiendan a ultranza.
La música popular por ejemplo, no toda, pero en su mayoría, es un homenaje al despecho y al alcohol, lo mismo pasa con el reguetón y sus letras misóginas e hipersexuales, o el black metal con su sonido gutural y oscuro. Pero como dije, todas y cada una de estas músicas tienen quien las defienda, quien las escuche y quien se las goce.
Lo mismo pasa con la guaracha, aleteo, zapateo o como se le conozca por estos días, la música del remate por excelencia, pero que se ha popularizado de tal forma que existen eventos enteros dedicados a esta variedad musical.
Lo complejo está en que la crítica a la guaracha, no se dirige directamente a su contenido, o a la estética de la misma, finalmente no es más que música electrónica “tropicalizada” con beats repetitivos y pocas frases sin ningún tipo de recordación.
El quid del asunto, está en todo el ambiente que se ha asociado con este tipo de música, que invita a soltarse, a usar gafas oscuras aun cuando sea de noche, y a usar gorras, shorts y chanclas como si se tratara de una fiesta en la playa.
Pero todo esto es apenas anecdótico, la guaracha, como subgénero de la electrónica, que contiene elementos del house, más exactamente del tribal, tiende a involucrar un variado y poderoso arsenal de drogas que ayudan a potencializar la experiencia en este tipo de fiestas.
Esta marca registrada de las fiestas estilo “rave” de los 90, se transfiere a una nueva generación, que con tal de no perderse ni un minuto de los ritmos del tornamesa, usan y abusan de drogas ya no tan nuevas, pero que para muchos adultos resultan casi desconocidas.
Al popular perico, que no es otra cosa que cocaína muchas veces rebajada, se unen otras como el Popper y el 2CB, que mezcladas con el alcohol de la noche, pueden resultar en una mezcla mortal.
Debo admitir que llegué a pensar, que la guaracha había mermado su popularidad o al menos se había marginalizado, pero lo que muchos desentendidos de estas fiestas presenciaron el último puente de noviembre en una de las discotecas más reconocidas de la ciudad, fue todo lo contrario.
El frenesí guarachero está vivo, y con él, el uso indiscriminado de todo tipo de drogas y excesos, no precisamente experimentado por “gente adulta”, sino por niños y niñas a duras penas mayores de edad.
Es claro, que generalizar en estos casos resulta irresponsable, pero la realidad es palpable e innegable, así como la cantidad de eventos de esta naturaleza que están agendados para la temporada decembrina; está en los padres, las autoridades y los propietarios de las discotecas, prevenir que esto pase a ser un problema de salud pública, (si no es que ya lo es).
