La fuerza se realiza en la debilidad
Por el padre Toño
La palabra de Dios en este domingo nos llega a todos provocando escándalo, tanto el texto de Pablo a los Corintios como en la escena de Marcos en la sinagoga, cuando la sabiduría de Jesús espanta a sus paisanos.
El hombre quisiera una palabra que se acomodara a su soberbia, sus vicios, la pereza y al modo de ser. Quisiéramos una palabra inofensiva, llena de elocuencia pero que no comprometiera a nadie. Pero Dios nos habla con su propio lenguaje. Nos habla aquí y ahora, a esta comunidad donde todos somos gente común y corriente, hasta el mismo sacerdote que preside la celebración.
Pablo, convertido es consciente de esta realidad y nos dice frases duras: “Tengo una espina de carne, para que no tenga soberbia; la fuerza se realiza en la debilidad, presumo de mis debilidades… porque cuando soy débil entonces soy fuerte, porque me basta su gracia” (2Cor.12-7b-10).
Qué distinta a la arrogancia de quienes dicen que no tienen tentaciones, ni siquiera un mal pensamiento y aluden siempre a títulos, a puestos y a poderes y desafiando a todos los que disienten de su lenguaje.
Como en la Sinagoga cada domingo nos habla Jesús, sin que nos demos cuenta y por eso nos puede pasar lo mismo, pasa muy poco o no pasa nada; todo sigue igual, porque no llegamos a valorarnos como personas capaces de aportar un grano a la palabra de Dios. Nos fijamos en los apellidos, en la profesión, en el carro, en el dinero, y preguntamos: “Quién de todos estos puede enseñarme algo?” Jesús pasa desapercibido cuando salimos a la calle y vemos tanta miseria y violencia y oímos tanto chisme o ignorancia que contrasta con lo que acabamos de oír de su Palabra.
La pedagogía de Jesús está llena de sabiduría, sin alardes, sin prepotencia, sin imposiciones, sino con el lenguaje preciso para que todos le entendieran. Si buscáramos con humildad la verdad, la encontraríamos en cualquier parte y de cualquier forma; no tiene autor, ni títulos, ni estuche dorado, nos puede venir de un enemigo, de un humilde labriego o del que está en la acera del frente. Si fuéramos sinceros en buscarla, cuántas barreras caerían, cómo valoraríamos a los demás y cómo dejaríamos de condenar a quien no piensa como nosotros.
El orgullo humano choca contra la humildad de Dios. Él nunca habla de modo espectacular, ni se vale de hombres sabios y famosos que nos confundan con su elocuencia. Escogió a hombres cargados de debilidad para que lo reconocieran como Pablo como el único fuerte y poderoso.
Seamos humildes para reconocer nuestra pobreza espiritual y apoyémonos únicamente en Aquel que es la Luz del mundo y en el que todo lo podemos por su gracia.
