miércoles, 08 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2018-11-23 01:20

La dificultad de gobernar

Escrito por: Ernesto Cardoso Camacho
 | noviembre 23 de 2018

Creo que es a Wiston Chorchil a quien se le atribuye la famosa frase “ oh democracia bendita seas aunque así nos mates..”, la que refleja, entre otras cosas; que es preferible morir por la democracia que vivir en el totalitarismo o la dictadura. Traigo a colación esta frase a propósito de los cada vez más numerosos comentarios de versados columnistas, analistas y comentadores de las realidades sociales, económicas y políticas que hoy caracteriza a las democracias, como la mejor manera de resolver los conflictos políticos y jurídicos que garanticen la armónica convivencia de la humanidad.

Luego de las dolorosas experiencias de la monarquía en donde se avalaba la legitimidad del poder político por la presunta voluntad de Dios, pasamos a reconocer la soberanía del pueblo como única expresión válida para aceptar la vigencia de un orden institucional que impusiera la ley y el orden, frente a la anarquía originada en la confrontación por conquistar el uso del poder.

Fue así que del Contrato Social inspirado por Rousso con ocasión de la efervescencia de la Revolución francesa, derivamos los conceptos de libertad, igualdad y fraternidad; los cuales permitieron consolidar los paradigmas de la sensibilidad humana que habrían de prevalecer hasta la influencia del desarrollo industrial, el cual, a su vez; terminó imponiendo el nocivo determinismo económico, duramente combatido por Engels y Marx en los albores del siglo 20.

La revolución bolchevique que puso trágico fin a la tiranía de los zares, rápidamente mutó hacia el totalitarismo comunista de Lenin y compañía, sepultado por las barbaridades del radicalismo que finalmente condujo a la llamada perestroika.

Esta evolución histórica del pensamiento político condujo inexorablemente a la consolidación de la democracia como la más imperfecta pero indispensable manera de arbitrar y resolver la lucha por el poder. La voluntad soberana del pueblo expresada a través de la elección de sus gobernantes y en el esquema de la separación de los poderes públicos, terminó por imponerse.

Pero con el transcurso del tiempo y debido a la excesiva preponderancia del dinero como fuente de riqueza y de poder, el sistema democrático empezó a descubrir sus más acentuadas debilidades. El crecimiento de la población; la consecuente mayor demanda de bienes y servicios; la progresiva necesidad de los tributos para financiar el gasto social del Estado; la acumulación de privilegios y desigualdades; y más recientemente, el fenómeno migratorio; entre otros, han originado la evidente crisis del sistema democrático que hoy se expresa en la rampante corrupción ética y moral de los gobernantes.

Son muy pocas las sociedades regidas por la democracia que pueden hoy seguir siendo un modelo de auténtica equidad social, de convivencia armónica y de gobernabilidad exenta de abusos de poder.

En nuestra órbita latinoamericana acabamos de experimentar una dolorosa deformación de esa democracia que degeneró en populismos demagógicos ansiosos de poder y enfermos de codicia.

En éste crudo escenario se está moviendo el presidente Duque. Su reto de gobernabilidad democrática está siendo amenazado desde el Congreso; del poder de los medios; del desprestigio de los partidos y de la desconfianza e incredulidad del ciudadano frente a la desbordada corrupción política; problemas que exigen decisiones trascendentes para adoptar correcciones de fondo. Por fortuna nuestra maltrecha democracia todavía nos ofrece opciones como la de decretar la emergencia económica y social que cada día se hace más indispensable.       


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