La debacle de la justicia
“Desgraciada la generación cuyos jueces merecen ser juzgados”
Tato Bores
Un amigo, puso en una red social que compartimos la frase que sirve de epígrafe a este artículo. Y, me puso a reflexionar. Porque, el juicio emitido por el humorista político argentino, ya fallecido, tiene una profundidad que desconcierta. Hoy, cuando la majestad de la justicia está en entredicho por el posible comportamiento corrupto de, no se sabe cuántos, integrantes de las altas cortes –especialmente de la Corte Suprema de Justicia–. Y, se pide su depuración, con medidas que van desde el juicio de los implicados, hasta la revocatoria del mandato de todos los magistrados, el análisis del problema de ilegitimidad, por falta de decoro y propensión a comportamientos delictuales, pareciera centrarse en los integrantes de la rama judicial, como si fuesen un compartimiento estanco dentro de la sociedad.
Lo cierto, es que el problema es sistémico: no solo falla el sector de la justicia, porque en honor a la verdad, la corruptela ha inficionado de arriba abajo toda la rama judicial (altas cortes: Corte Constitucional, Corte Suprema de Justicia, Consejo de Estado; los tribunales superiores regionales; los juzgados hasta su nivel más bajo; la Fiscalía General de la Nación, a todos sus niveles; el cuerpo de abogados en ejercicio, etc.), así como, los organismos de control (Contraloría General de la República; Contralorías departamentales, distritales y municipales; Procuraduría General de la Nación; Personerías distritales y municipales, etc.). Para, no hablar del inocultable desprestigio del Congreso de la República y la podredumbre que está carcomiendo, desde hace muchísimos años, la rama ejecutiva del poder público encabezada por el Presidente de la República, los ministros de despacho, los directores y gerentes de oficinas y empresas estatales; gobernadores y alcaldes; que fungen como directores de orquesta de este concierto para delinquir en que se ha convertido el Estado colombiano.
Definitivamente, la sal se corrompió. En el afán de perpetuar un estado de cosas parasitario que, favorece a una minoría que por décadas ha usufructuado “las mieles del poder” donde sobresalen los intereses del gran capital y de sus socios internos que, utilizan la intermediación de los partidos políticos “oficialistas” –los históricos liberal y conservador, con sus novísimas caretas: Cambio Radical, Centro Democrático, de la U–, se urdió un entramado de podredumbre politiquera que ha terminado por descoyuntar a la república. Pero, que la justicia se haya descompuesto a tan alto grado que, sus fallos se hayan convertido en moneda de cambio si puede ser el acabose. Decía, Amartya Sen, el laureado premio Nobel de Economía que, si en la sociedad se pierde la esperanza de atacar la injusticia, así no se alcance la justicia perfecta, aquella termina disolviéndose.
Ese es el riesgo que estamos corriendo, por eso a las generaciones presentes nos corresponde actuar. Hay que participar con el arma invencible de la participación ciudadana. Cambiar nuestro comportamiento político, para cambiar la sociedad. No hay otro camino.
