La cultura del robo
Ya se ha tocado fondo y, lo grave es que no queremos salir de él. Nos hemos acostumbrado tanto a este cáncer social que, somos tan cínicos, aprobando a gobernantes y dirigentes que han robado olímpicamente. A veces, pareciera que es imposible salir de tantas ollas podridas. Como que las alcantarillas se destapan a diario e infortunadamente nos vamos acostumbrando a ese fétido olor nauseabundo. En nuestro llamado Estado de Derecho se han establecido órganos de control, con una enorme burocracia y, ¿los resultados? Antes no existían, solo las ramas del Poder Público y, ¿ahora qué pasa? Parece que la inmoralidad frente a la cosa pública es descarada y sin ningún escrúpulo. No hay conciencia de lo público. Hay en el imaginario cultural una tendencia a robarle al Estado; parece que lo público no tiene deudos y entonces a hacer festines con el erario. No aparece la conciencia pública: parques, edificios, calles, vías, muros, son objeto de la mayor depredación posible. Desde niño se le enseña al colombiano a robar: el maestro que llega tarde a clase, -robándole al Estado-; el conductor que maltrata los vehículos del Estado y pasa sumas gigantescas de gasto de combustible; el que tiene que impartir justicia y a la misma hora de trabajo, se va a la universidad a dictar clase, ¿y los fallos?; el que se la pasa en pleno trabajo de oficina o de taller conectado a las redes sociales y no atiende al cliente. Por favor, a usted le están pagando con los impuestos de los colombianos trabajadores para que atienda a los ciudadanos. ¿Por qué les roba tiempo a sus clientes? Roba el taxista cuando cobra más allá de la tarifa establecida; roba el tendero y el comerciante cuando “aprovechando” la necesidad de los clientes, les fija precios a su arbitrio avariento y ambicioso; roba el mecánico cuando le cobra al usuario, “aprovechando” la ignorancia y necesidad del cliente, montos fuera de todo parámetro justo; roba el que vive en los semáforos atracando a los transeúntes sin ninguna protección del Estado. Trabaje, el libro Santo nos dice: “El que no quiere trabajar que tampoco coma”. Tenemos una parranda de zánganos que viven a expensas de quienes trabajamos y nos ganamos el pan con el sudor de la frente, no con el sudor del de enfrente; roba el que se lleva elementos de la oficina para la casa; roba el que teniendo dos o más acometidas de agua, paga una sola; roba quien despilfarra el agua y la luz. En fin, no sigo enumerando, el listado no termina. Mientras no se forme en la familia los criterios de honradez, nunca tendremos ciudadanos honestos. Mientras no se castigue con severidad el robo, el robo seguirá galopante con la desfachatez del siglo. Y así, el vivo vive del bobo; de modo que el robo se considera una hazaña, ¡qué cinismo! Preguntémonos, ¿dónde están los impuestos que pagamos los colombianos trabajadores? Encontramos, con mucha frecuencia, malos servicios del Estado: vías en pésimo estado, parques abandonados, infraestructura escolar descuidada, servicios públicos deficientes, ¡qué no decir de la salud! ¿Habrá un futuro promisorio?
