La cultura del encuentro
Siendo aún Cardenal en su natal Argentina, consagrado por el Papa Juan Pablo II en el año 2001, Jorge Mario Bergoglio expresó su preocupación por la incapacidad de sus compatriotas para actuar como una sociedad articulada, incapaces de alcanzar grandes consensos para la configuración de un proyecto de nación, y propuso como contrapartida la construcción de una “cultura del encuentro” (El Jesuita, Sergio Rubin y Francesca Ambrogetti, Vergara, 2010). Esta cultura supone, sostenía el ahora Papa Francisco, que debemos encontrarnos sin prejuicios, sin pensar que porque el otro tiene ideas contrarias no puede aportarme nada. Toda persona puede aportarnos algo y toda persona puede recibir algo de nosotros. “El prejuicio es como un muro que nos impide encontrarnos”.
La importancia de este pronunciamiento, reiterado por el Santo Padre en su reciente visita a nuestro país, que no se advierte fácilmente dada la magnitud del mensaje apostólico que nos dejó, radica en que nos convoca a ponernos de acuerdo en aquello que nos permita superar las diferencias, que nos preocupemos más por las cosas que nos unen que por aquellas que nos separan.
El 10 de septiembre pasado, en su último día de su visita apostólica a Colombia, en la homilía de la santa misa celebrada en Cartagena, que se ocupó de la dignidad de la persona y los Derechos Humanos, el Papa Francisco manifestó, en apoyo al proceso de reconciliación entre los colombianos, que si Colombia quiere una paz estable y duradera, tiene que dar urgentemente un paso en la dirección del bien común, de la equidad, de la justicia social y el respeto de la naturaleza humana. “Solo si ayudamos a desatar los nudos de la violencia, desenredaremos la compleja madeja de los desencuentros.”
La visita a Colombia del Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, que concitó una respuesta afirmativa tan contundente de tantas personas de todas las condiciones, en las cuatro ciudades que visitó, por el clamoroso llamado a que nos reconciliemos y avancemos en el proceso de construcción de un nuevo país para las generaciones futuras, es un hecho que debe animarnos a repudiar medio siglo de hostilidades, que sumieron varias generaciones de colombianos en la violencia y el desencuentro y a reconocer que los acuerdos por la paz de Colombia, incluidos los que se están adelantando con el Ejército de Liberación Nacional en Quito, son un ejemplo y un faro de esperanza para el mundo entero.
