La coherencia
El diccionario de la lengua española define a la coherencia en su acepción gramatical como “… relación lógica entre dos cosas o entre las partes o elementos de algo de modo que no se produce contradicción ni oposición entre ellas..” y en el aspecto social como la identidad entre las formas de vida y los principios éticos. Por tanto, constituye una de las conductas humanas más difíciles de practicar, pues ella tiene que ver con la concordancia o correspondencia entre lo que pienso o digo y lo que hago. Se trata además de una de las virtudes que ennoblecen el carácter o la personalidad.
En materia religiosa, por ejemplo, para quienes decimos ser cristianos católicos el tener un estilo de vida coherente, nos exige que practiquemos las enseñanzas del Evangelio promulgado por Jesucristo, que cumplamos con rigor los mandamientos y que practiquemos la caridad entendida como el amor y la misericordia con el prójimo, especialmente el más vulnerable.
Cuando observamos de manera permanente cómo nos comportamos ante las diferentes circunstancias de nuestra vida, ya sea en las relaciones familiares, sociales y políticas, encontramos que es la incoherencia la que gobierna nuestros actos y decisiones como cundo el mal ejemplo que trasmitimos a nuestros hijos al decir mentiras en su presencia; cuando juzgamos con severidad los errores o imperfecciones de los demás; cuando hacemos pequeñas o grandes trampas para evitar el pago de los impuestos; cuando exigimos con vehemencia nuestros derechos pero no cumplimos con las obligaciones, en fin, son múltiples y variadas las circunstancias en las cuales somos incoherentes.
En el aspecto de las relaciones sociales, muchos nos sentimos indignados con la ineficiencia del Estado; la politiquería y el clientelismo corruptor que impera en el sistema político; el populismo irresponsable de actores políticos y gobernantes que en cada elección ofrecen y prometen lo que nunca van a cumplir, pero lo más grave es que los volvemos a elegir para que nos sigan engañando.
Ahora que se inician en serio las campañas de gobernador, alcaldes, diputados, concejales y ediles, ya empezamos a observar que muchos de tales aspirantes quieren repetir cargo o corporación, estimulados principalmente por sus más personales intereses que no son precisamente los de la ciudadanía si no los de ellos y sus promotores políticos y patrocinadores económicos.
Algunos aspirantes a la gobernación, por ejemplo, llevan más de 8 meses de campaña, realizando actividades proselitistas que todos sabemos de sus altos costos, pero no han tenido la transparencia ética de revelar quienes son sus financiadores y aportantes ni cuál es el origen de sus recursos, amparados en la absurda legislación que los obliga a reportarlos solamente a partir de la inscripción oficial de sus candidaturas, es decir a partir del próximo 27 de julio.
Por ello no sorprende que ya se hable del negocio de los avales, de los acuerdos, alianzas y coaliciones; en donde el sucio negocio de la política quiere imponerse nuevamente para seguir esquilmando con inusitada codicia los sagrados recursos públicos.
En todas las encuestas de opinión, en los programas radiales y en la prensa escrita, así como en los corrillos callejeros y en los diálogos familiares y sociales; es indiscutible que el rechazo a la corrupción y la indignación que ella produce pareciera ser un propósito nacional. En consecuencia, las autoridades, los periodistas, los medios de comunicación, los organismos de control del Estado, pero muy especialmente los ciudadanos, potenciales electores; debemos todos actuar con COHERENCIA para que evitemos la elección de candidatos que, amparados en esas componendas y condenables prácticas, pretenden seguir aprovechándose dolosamente de los cada vez más escasos dineros públicos.
