Juicio social insuficiente
Ha concluido la visita del Jefe de Estado del Vaticano y el país ha entrado en un adormilamiento total. Ha sido una época propicia para hablar de lo que nunca será posible en una sociedad descuartizada por la violencia física, institucional y psicológica que se ha vivido hace más de cien años, como lo es el perdón y ese imposible en los seres humanos, como es el olvido por las heridas de que hemos sido víctimas.
El dolor de las víctimas de la violencia, el dolor de los seres humanos en los momentos de aflicción y en aquellos en los que busca establecer parámetros para reemprender el camino de la esperanza, no es compatible con la convivencia y especialmente con tolerar que a sus victimarios, que quienes les han causado tales males, reciban y se les dé, un tratamiento mejor e incluso de reconocimiento y posición social, superior al de las víctimas mismas. Eso es desequilibrio en una sociedad que pretende ser igualitaria y que tiene a la Justicia, como epicentro del restablecimiento de los derechos de los ciudadanos. Que haya perdón, no quiere decir que haya injusticia y no puede ser sinónimo de impunidad.
Y esta visita del Sumo Pontífice, ha tenido la fortuna de silenciar y acallar la voz de la indignidad, a pesar de que los colombianos hemos perdido el concepto que ello representa y es fácil dejar de pronunciar un reclamo o de hacer una protesta, siempre y cuando se cobije con el manto del silencio y de la injusticia y de la inequidad, todas las formas de corrupción, de trafico de influencias, de ilegalidad y de amancebamiento entre el bien y el mal, en todas las esferas de la cosa pública y aún, de los entes privados o afines a las instituciones del Estado.
Los colombianos hemos sido sorprendidos día a día, con hechos y fenómenos tanto sociales como de la naturaleza, que han tenido la capacidad de catapultar todo ese conjunto de hechos y de situaciones que han traicionado el mandato popular, que han permitido los delitos más aberrantes como el cohecho, el peculado, y todas las formas irregulares de la contratación pública, las cuales se suman alarmantemente día a día, con el abuso de autoridad, el fraude procesal, y por qué no, con las formas de legalización de la ilegalidad en un país donde el lema fundamental es que somos un Estado Social de Derecho.
Y de cual Derecho? Y cual Estado Social? He ahí el dilema. Un Estado en el que todas las instituciones se encuentran en un índice de impopularidad de los más altos de la historia, donde a los altos dignatarios del Estado, se les premia con indagaciones preliminares, en tanto que a cualquier ciudadano del común, se les dicta una medida de aseguramiento por el simple delito de sospecha o por la presunta posibilidad de que su comportamiento sea punible.
Hemos llegado a pregonar que no hay formas de sanear este gran problema social que tenemos. Hemos pregonado que nuestro país está conformado por ciudadanos que perdieron la identidad de lo que es y de lo que representa nuestra nacionalidad, y por tanto, nos hemos ocupado de participar una y otra vez en la elecciones de cada uno de los organismos del Estado, para dejarnos envenenar de quienes se dicen padres de la patria, pero en el fondo, son una vergüenza internacional y representan la base de donde dimanan toda clase de hechos que atentan contra la seguridad nacional, por ser la base y el motor de la ley y de la autoridad.
Si así son las cosas, no podemos quejarnos. Si así son las cosas, es mejor guardar silencio, antes de que realmente se nos cobre por adelantado nuestra voz y se nos silencie para siempre, como desde el fondo de la sociedad misma, se escucha el eco de las amenazas y de las afrentas, por y contra quienes, exigen y piden que se haga justicia y que no nos enredemos en los vericuetos de la ley, para dilatar y encarcelar a todos lo que la opinión pública sabe, que son delincuentes y que han usurpado los cargos para los cuales fueron elegidos, tanto en la Justicia, en el Congreso de la República y más aún, en el Ejecutivo mismo. Ese solo juicio histórico y social que se les hace hoy en día, no es suficiente si no se arropa dicha situación, con la prisión y la detención intramuros de todos los que ya sabemos, que han sido los encargados de todos los actos de corrupción, pero que siguen en el poder y son los voceros de las colectividades políticas, sociales y económicas de la nación.
