jueves, 09 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2017-12-10 02:26 - Última actualización: 2017-12-10 02:26

Ira santa

Escrito por: Editorial | diciembre 10 de 2017

El proceso de paz que se ha venido adelantando entre los pueblos de Israel y de Palestina, desde hace décadas para superar el conflicto armado que ha sumido a su población en una permanente confrontación bélica, pero que, durante los últimos años, ha bajado la intensidad de los ataques terroristas, han vuelto a enardecer los ánimos de los países que no aceptan al pueblo israelita. El reconocimiento de Jerusalén como la capital de Israel por parte del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ha vuelto a desatar la ira santa en algunos países del medio oriente, que rechazan de plano cualquier intervención norteamericana contra sus intereses económicos, políticos y religiosos. Desde el anuncio oficial de trasladar la embajada americana de Tel-Aviv a la capital santa, ha creado un rechazo generalizado por muchos países de la comunidad internacional. Inmediatamente al anuncio, se han desatado violentos enfrentamientos contra tropas israelíes lanzando bombas incendiarias y piedras contra las fuerzas de seguridad, ocasionando muertes y centenares de heridos en la Franja de Gaza y en el territorio de Cisjordania y en Jerusalén (zona este), con el denominado Día de la Ira, contra esta decisión.

El peligro latente continua y se prevé una intervención militar de las tropas israelíes contra el país Palestino, si persisten los ataques contra los intereses judíos. La lluvia de criticas internacionales no se han dejado de esperar. Las consecuencias están a la orden del día: multitudinarias protestas palestinas, Hamas llama a nueva intifada contra Israel, Israel despliega refuerzos militares en Cisjordania, Turquía convoca cumbre de líderes musulmanes, Netanyahu expresa que muchos países seguirán la iniciativa de EE. UU, entre otros, que puede desencadenar un conflicto armado, que se podría poder evitado sin la apresurada decisión del presidente Trump.

La comunidad internacional y el sentido común de los principales líderes mundiales indicaban que el estatus final de Jerusalén debía ser definido por los resultados que se hubieran generado entre las negociaciones que se han venido desarrollando entre israelíes y palestinos, buscando la luz al final del túnel para que brindara la esperanza de una solución pacífica de los dos Estados, en paz y con seguridad. Hay que seguir respetando los acercamientos entre los mismos actores, a través de la diplomacia secreta que se desembocó en los Acuerdos de Oslo en 1993, hasta el desierto de los días que están por venir: “conversar primero sobre las cosas en las que se puede llegar a un acuerdo y después, sobre las que separan”. Por eso, la obstinación del presidente norteamericano, de reconocer oficialmente a la ciudad tres veces santa como capital de Israel, sin someterla a divisiones, puede generar un escalamiento del conflicto armado, deteriorando el consenso internacional, introduciendo un elemento de inestabilidad a una zona bastante martirizada a través de la historia de la humanidad. Es hora de que los sectores moderados empiecen a iluminar los espíritus entre las partes, para superar esta encrucijada con creatividad y mucha sensatez.