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Opinión/ Creado el: 2017-10-15 04:29 - Última actualización: 2017-10-15 04:30

Invitacion al banquete de la salvación

Escrito por: Padre Manuel Antonio Parra
 | octubre 15 de 2017

San Mateo se caracteriza por sus mensajes de las parábolas del Reino que hemos estado analizando en los domingos anteriores. Con la misma pedagogía de comparación y no de teorías, el Reino de Dios se va metiendo en cada uno de nosotros como una necesidad de supervivencia espiritual.

Los destinatarios de la parábola del banquete son también los “sumos sacerdotes y ancianos del pueblo” del tiempo de Jesús, pero hoy es para nosotros que manejamos la Palabra de Dios y que sabemos que ella no puede volver vacía y que es como espada de dos filos, que penetra y destruye el mal y nos guía a la conversión verdadera.

Nunca dijo el Señor en su predicación en qué consiste el reino, sólo dijo a qué se parece o a qué se le puede comparar. Jesús es modelo de una verdadera homilía, porque llegaba a todos y lograba cambiar de mentalidad aún a la gente que se creía vacunada de sagrada Escritura.

El tema del banquete anunciado ya por Isaías, abundante en vinos añejos y en manjares suculentos lo refiere El a la salvación que nos ofrece Dios y que debemos recibir con alegría, regocijo y esperanza.

También en este Domingo 28 del tiempo ordinario si se rechaza la invitación, hay el peligro de que otros ocupen los puestos de nosotros; así como la viña pasó a otras manos que trabajaran y dieran fruto, Dios que es sobreabundante en todo, convoca a quienes quieran sentarse con El en el banquete de la gracia.

Hay algunas etapas análogas al Evangelio de Dios. El hombre fue invitado al banquete  de la vida desde su creación a imagen de Dios. Se le pusieron unas condiciones para ser feliz y manejar lo ajeno con cuidado; no le respondió y Dios lo expulsó del paraíso con las consecuencias que ya conocemos: el paraíso se nos convirtió en tierra llena de abrojos, de espinas y de sudores para poder comer un pan que era gratuito y que a partir de allí debía ganarlo con el sudor de la frente. Los hijos que debían nacer sanos y sin dolor, ya en adelante conocerían la luz bajo las lágrimas del dolor del parto. Y la serpiente siguió enredando al hombre e invitándolo a desobedecer a Dios y a comer de todos los frutos prohibidos.

Jesús entonces compadecido de ese hombre caído y con hambre, se ofreció para rescatarlo en el banquete de la fe, para que con El y en El hiciera otra creación con la promesa de que “todo el que creyera en El, tendría derecho a un banquete eterno” y Jesús se quedó como el nuevo pan de vida, en la última Cena transformando la Pascua Judía en la Pascua Nueva o “Paso del Señor” por la vida.

Así la parábola de hoy, de las Bodas del Hijo es historia, y el banquete es como todo lo de Dios abundante, abierto y de gran calidad para hacer crecer al hombre.

Nosotros como los judíos ponemos disculpas para no asistir a la Eucaristía, para no comer ni beber los manjares eternos. Y cuando asistimos nos metemos “sin el traje de la conversión personal” porque no perdonamos al hermano, no compartimos los bienes y no sembramos paz. Qué pena entonces que Cristo nos eche algún día de los templos por no estar  con el vestido de fiesta que es de amor, de comprensión y de alegría permanente. El espectáculo de hoy es de una sociedad llena de “cadáveres ambulantes” que con una vida aparente, caminan amortajados hacia su propio entierro. La invitación de Cristo no tiene fecha de vencimiento, pero exige traje especial como toda invitación moderna y que le  avisemos si vamos o no.

Si le contestamos que sí, no seamos “agua-fiestas” en los templos y recordemos que  este es el preludio del Banquete final que anuncia el Apocalipsis para sentarnos  con el Hijo en las Bodas eternas del Cordero.

padremanuelantonio@hotmail.com 

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