Indolencia y dolor
Por Fernando Bermúdez Ardila
Escritor e historiador
Nominado premios Nobel de Paz 2010
Sin duda alguna el problema más grave que enfrenta Colombia es la violencia, más grave que la corrupción, aunque esta última es un cáncer que nos ha invadido a todo nivel, para hacerle frente a la última nos debemos ocupar primero de la erradicación, concientización, educación y comprensión, no es normal en una sociedad, que las ciudades y los campos se llenen de sangre de colombianos asesinados por los mismos compatriotas.
Detrás de esa violencia se encuentra un negocio multimillonario que aunque todos los colombianos sabemos que existe, preferimos cerrar los ojos y decir que el mayor problema que enfrenta Colombia es la corrupción, y ciertamente la corrupción es un gran problema, pero este es un apéndice del primero, que disparó dinero en todas las direcciones, permeando todas las ramas del poder público y la sociedad en todos sus estratos sociales, creando la cultura del dinero fácil y todo es válido para obtenerlo; la regla del menor esfuerzo o de que todo debe ser gratis o regalado. Lo absurdo, es que quienes hacen estas reclamaciones no son las víctimas de la violencia.
Las víctimas se encuentran a miles de kilómetros de los escritorios de quienes gobiernan el país y dictan las leyes que ni idea tienen o se imaginan el calvario por el que pasan estas familias, que se encuentran en un fuego cruzad o entre quienes luchan por el manejo del negocio y las fuerzas del orden del estado. Son esos campesinos que deben cultivar la hoja de coca como único recurso para poder sobrevivir, porque no existen ni vías de penetración para sacar sus cultivos lícitos, no tienen asesoramiento técnico, ni un compromiso del gobierno para la sustitución de cultivos ilícitos, son los desplazados que traen a sus espaldas sus tristezas y recuerdos de los familiares que murieron asesinados y debieron dejar atrás en los campos olvidados, donde los que se lucran beben whisky mientras dan las órdenes de quienes viven y quienes mueren.
Pero llegando aún más lejos, los responsables de nuestra violencia y nuestros muertos son los países consumidores que no les ponen coto a sus ciudadanos viciosos, porque mientras haya demanda habrá quien suministre, fabrique y distribuya el millonario e ilícito negocio de las drogas sintéticas.
Lo triste de esta penosa realidad, es que mientras los colombianos ponemos los muertos, los ciudadanos de los países consumidores de las drogas sintéticas se mueren de felicidad en su locura y tienen la desfachatez de señalarnos como victimarios.
Estos países son los que deben comprometerse acordando con el gobierno colombiano a una sustitución de cultivos que sea seria y responsable, donde nuestros campesinos se sientan respaldados y cuenten con garantías para dedicarse a la explotación del campo que les sea lucrativa y se garantice sus vidas y las de sus familiares, pues es más una responsabilidad de ellos que nuestra, es una obligación de salud pública mundial, qué no puede atribuirse solamente a Colombia.
