martes, 07 de julio de 2026
Opinión/ Creado el: 2019-01-19 02:10

Hacia las sociedades intolerantes

Escrito por: José Eliseo Baicué Peña
 | enero 19 de 2019

Los pésimos servicios de salud y de transporte, la carestía, el desempleo, la inoperancia y negligencia de los servidores públicos, y hasta una simple mirada se convierten en factores que inciden en la configuración de los altos niveles de intolerancia que vive hoy la sociedad.

Y este no es un problema exclusivo de Neiva, ni de ciudades como Bogotá, Medellín, Cali o Cartagena, sino que es un flagelo que se presenta casi en todos los lugares del planeta.

Aunque algunos expertos aseguran que esta problemática es directamente proporcional al número de habitantes. Es decir, que entre más grande sea la ciudad, mayores son los niveles de intolerancia y de estrés.

Aunque con esto se entiende que a mayor población existen mayores problemas, y que el alto número de estos, genera grandes dosis de intolerancia y de malos comportamientos de los ciudadanos. Entiendo que esto debe ser estudiado por los psicólogos sociales o antropólogos, pero quiero plantear algunos aspectos, que, a mi juicio, contribuyen a este proceder ya muy enraizado en los ciudadanos de nuestra capital opita.

Uno de los aspectos claves generadores de este problema tiene que ver con los taxistas y conductores de transporte público. Hago la claridad de que aquí también entran muchos conductores privados. Sobre todo, aquellos que se precian de tener autos lujosos y costosos, aquellos que se creen de la alta sociedad, aquellos que están convencidos de que no hay ley para ellos, aquellos que humillan y tienen los contactos para solucionar cualquier problema. Se siguen creyendo los dueños de la ciudad y de las vías. Hacen lo que quieren, cobran lo que quieren, y tratan al usuario como quieren. Lo peor: nadie los controla, nadie los sanciona, nadie les imputa nada. ¿Qué labor cumple, entonces, la policía, los guardas, y demás autoridades?

Ahora miremos la reacción de ellos cuando se les dice algo. Cuando se cruzan un semáforo en rojo, cuando recogen pasajeros en sitios no autorizados, cuando apuestan carreras, cuando hacen de las suyas en las horas pico, cuando sus vehículos arrojan chorros de humo, cuando se meten en contravía, etc., etc. Son intolerantes y contribuyen al crecimiento de este flagelo social.

De otro lado, están los servidores públicos de la ciudad. Aquellos que se creen los dueños de los cargos; aquellos que son respaldados por políticos, aquellos que gritan, atienden mal al usuario, aquellos que ni siquiera conocen bien sus funciones, aquellos que se creen los reyes de la ciudad. Son aquellos que no saben dar información sobre sus empresas, sobre sus puestos, sobre sus jefes, sobre sus funciones, sobre sus ciudades y, a veces, ni de sus propias familias.

Otro aspecto tiene que ver con la inseguridad. Seguimos desconfiando de todo el mundo. En Neiva, por ejemplo, no se puede ya pasear por la ciudad. Toca correr, estar prevenidos con todo el mundo, como si todo el mundo fuera antisocial. Hay inseguridad en las calles, en los bancos, en la esquina, en los barrios, en los colegios y universidades, en los bares, en los negocios, en los centros comerciales, en los lugares aledaños a la ciudad, en las salidas de Neiva. En todas partes. Y eso que somos solamente escasos 350 mil habitantes. Pero hay policía, ejército, CTI, cuerpos de inteligencia, patrulleros, y demás.

Pero el daño más grande, es que todas estas cosas vuelven a las personas integrantes de sociedades intolerantes.

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