Hace casi un año
Al menos una vez a la semana me acuerdo del 19 de septiembre de 2017. Hace casi un año, a la 1:14pm, me encontraba trabajando en la Ciudad de México donde completo ya dos años de estar viviendo. Se sentía como un día diferente a los demás porque se completaban 32 años del terremoto de 1985 que dejó 6,000 víctimas y desde ese entonces se realizan simulacros de evacuación cada 19 de septiembre en la ciudad.
Ese día, martes, hicimos el simulacro a las 11am pero jamás sospechamos que sólo 2 horas después estaríamos evacuando de verdad. Estaba en una reunión en el piso 15 de un edificio en el barrio de Polanco cuando todo sucedió. Se sacudió la tierra como recordándonos lo minúsculos y frágiles que somos. Que no importa lo que construyamos encima de ella, ella es la que manda. Primero el movimiento fue hacia los lados, luego de arriba hacia abajo como dando brincos y remató nuevamente con un movimiento hacia los lados, o como dirían los expertos, fue un terremoto oscilatorio y trepidatorio. El edificio en el que estaba se movió fuertemente por varios minutos mientras la angustia se apropiaba de todos nosotros, especialmente en aquellos que se preguntaban si las paredes y techos de los colegios de sus hijos, oficinas de sus parejas o casas de sus padres serían igual de fuertes para aguantar el terremoto. Sin lugar a dudas, el mayor susto de mi vida y de muchos mexicanos.
Lo que sucedió después ya se vio en las noticias. A pesar de vivir en el barrio de Roma Norte, uno de los principales afectados del terremoto, fui afortunado y mi apartamento sólo sufrió daños menores en comparación a mis vecinos. Varios edificios se desplomaron en la zona, tuve que dormir un par de noches fuera y por semanas mi calle se convirtió en centro de operaciones de rescate y ayudas para los afectados. Lo que realmente me sorprendió y que también me acuerdo cada semana, fue la actitud de los mexicanos que no esperaron un segundo para ponerse en primera fila y salir a la calle a ayudar a sus hermanos. Se me eriza la piel de recordar esos días y a los héroes del común, como usted o como yo, que lucharon sin cansancio levantando escombros por largos días sin importar lo que dijeran las estadísticas de supervivencia. Todos los restaurantes de la zona dejaron de atender a su “distinguida” clientela habitual para convertirse en centros gratuitos de alimentación para rescatistas mientras otros voluntarios se tomaban las calles repartiendo agua, sánduches y tacos preparados en sus casas. No importó la edad ni la situación económica de la gente, todos, absolutamente todos, contribuyeron generosamente con la causa.
Mi sentimiento hacia los mexicanos migró de la camaradería latina a la admiración y confianza absoluta que estarán allí cuando lo necesite. Aún quedan rastros del terremoto en la ciudad que nos recuerdan el dolor de esos días pero también que unidos fuimos capaces de lo inimaginable. Feliz día de la independencia Mexicana.
