EN EL ETERNO RETORNO DEL SER
POR AMADEO GONZALEZ TRIVIÑO
Poco a poco nos convencemos de que tenemos que hacer un alto en el camino. Que necesitamos reconciliarnos con nosotros mismos y a su vez, con los otros.
La convivencia pacífica, las formas de participación solidaria y todos los mecanismos posibles dentro del ser humano, para alcanzar las metas de su realización, necesitan y requieren que el individuo se apersone de su propio ser y dimensione esa esencia, en cada uno de los seres que hacen parte de su entorno y del mundo vital que les rodea.
Hemos pregonado nuestra inconformidad y hemos manifestado públicamente, día a día, nuestro rechazo, nuestra indignación contra las políticas oficiales, contra los comportamientos individuales e individualistas y hemos propendido por luchar entre todos y alcanzar las metas y los objetivos mínimos que el ser humano necesita en la construcción de su propia identidad y consiguientemente del colectivo al que pertenece.
Muchas veces consideramos y llegamos a pensar que todos nuestros deseos han fracasado, que es necesario quizá cambiar de estrategias y de políticas que nos unan y nos acerquen hacia la consolidación de una sociedad justa, igualitaria y comprensiva, y para ello, no es la resignación, no es derrotándonos en nuestras propia banderas, es por el contrario, asumiendo el rol que realmente nos corresponde, reconociendo nuestros errores y volviendo a edificar sobre unas bases y unos principios ya olvidados, donde la moral y la ética prevalezcan sobre los intereses economicistas y los afanes de lucro que envuelven al individuo en el día de hoy.
Pero qué difícil que es dar este primer paso. Reconocer que nos hemos equivocado cuando hemos querido que los demás abran los ojos, que los demás comprendan la indignidad que representa el trato inhumano, el trato que lacera la condición de ser de todos nuestros semejantes. Es cuando pensamos que quizá, nos hemos acostumbrado a vivir bajo los lazos de la subyugación, bajo el imperio de las fuerzas oscuras que no nos permiten comprender y difundir la comprensión del mundo, bajo una óptica que sea diferente, bajo una forma de reclamar que, mediante la palabra, seamos capaz de convencer y generar el disenso y convocar al fortalecimiento de las ideas críticas y constructivas entre todos.
Sin embargo, creo que, en medio de todo, hay un discurso al cual no podemos renunciar. Necesitamos construir una sociedad justa, una sociedad culta, una sociedad donde los elementos mínimos de convivencia estén representados en el respeto al otro, en el acercamiento hacia los otros y en la búsqueda colectiva de fines y elementos que hagan útil y fructífera la existencia de todos, por igual y para siempre.
Quizá ese para siempre no sea posible, quizá ese encuentro entre la razón y la sumisión a los otros, sea parte de ese gran distanciamiento que se nos presenta, cuando nuestra opinión o nuestra idea, no permite la confrontación o el acercamiento de otros tantos pensamientos o ideas que nos son afines y que pueden generar ese lugar de cambio y de responsabilidad que no hemos tenido para con los otros, en este devenir histórico.
Es fundamental y este debe ser un principio, que los sectarismos y las ideas que se opongan y que busquen el distanciamiento de unos y otros, debe empezar a ceder, para que podamos realizarnos en sociedad, para que podamos encontrar fórmulas de arreglo en la construcción de esa identidad perdida del ser en sociedad.
Es hora de aceptar que nos hemos equivocado. Es hora de recapitular nuestros objetivos y proyectarnos siempre en la transformación social para comprender que esto tiene que cambiar, que nuestro destino es otro y que, entre todos, podemos llegar a fórmulas no partidistas, no religiosas, pero sí humanamente sensibles que nos motiven y nos lleven a pensar en la necesidad de una convivencia en paz y en armonía con los demás. Es hora de replantear esta hecatombe que se nos vino encima, y de la cual, nosotros mismos somos sus artífices, sus generadores y sus actores principales.
